La figura del editor en el siglo XXI


José Luis Trullo.- Con la generalización en los últimos años de las fórmulas de autoedición electrónica (blogs, e-books), muchos se preguntan si la figura del editor conserva aún alguna utilidad o debe, como muchas otras profesiones, emprender el camino del camposanto por su propio pie.

Vamos por partes. Me gustaría plantear aquí la distinción que, en el mundo anglosajón, se hace entre el "editor", como aquel que genera un concepto de libro y contribuye a su gestación con los textos y los autores más pertinentes, y el "publisher", que asumiría la tarea de llevar dicho concepto a un soporte material comercializable.

Claramente, el "publisher" como editor/impresor se encuentra amenazado en el siglo XXI. La democratización en el acceso a los medios de producción impresa ha permitido eliminar aquellos eslabones de la cadena que menos valor añadido proporcionan al producto. Si cualquiera, con un ordenador personal, un editor de texto y una conexión a internet puede acceder, a coste cero, al mercado lector de todo el planeta, ¿para qué recurrir a un tercero?

Ahora bien, no está claro que el editor como generador de conceptos de libros se encuentre amenazado de extinción. Puede que, ahora más que nunca, se necesiten personas con la clarividencia necesaria para aislar un tema, elegir a un autor, contribuir a la formación de una obra y pergeñar las estrategias de promoción necesarias para que ese libro, una vez impreso, llegue a sus interlocutores preferenciales (los cuales son menos anónimos e indeferenciados de lo que solemos pensar).

Personalmente, me gusta distinguir entre libros y obras. En la actualidad, el número de libros impresos crece sin cesar; sin embargo, el número de obras se mantiene estable, y puede que esté menguando. Esto es así porque sobran "publishers" y faltan "editors". El resultado es una cantidad ingente de papel mojado en las librerías reales y virtuales, libros sin obras, volúmenes sin criterio ni utilidad real en un mundo inflacionario en propuestas y deficitario en apuestas. La razón es... la brillante ausencia de editores.

Creo que podría ayudar a comprender la importancia del editor, tal y como yo lo entiendo, recurriendo al símil del productor musical. Esta figura, hasta hace muy pocos años prácticamente clandestina, es el último (o, tal vez, el primero) responsable de la música que escuchamos en nuestros discos: suya es la decisión en lo que concierne a los arreglos, la acústica, la instrumentación, incluso al propio concepto sonoro que emiten los altavoces de nuestro salón. Tanto es así que, en la historia de la música popular, son muy numerosos los ejemplos de músicos que ejecutan sobre el escenario una versión de sus canciones muy distinta de la que se plasma en sus propios discos.


Puede que los editores se encuentren, en pleno siglo XXI, ante el mismo dilema que se les plantea a los periodistas: cómo reivindicar su importancia esencial en un entorno en el que la generación y distribución de información ya no es el problema, sino el concepto comprehensivo en el que dicha información se inscribe. A la vista del quiosco español, parece que los editores de diarios lo han visto claro y ya han hecho su apuesta: convertirse en plataformas de propaganda política. Y, al menos a ellos, les está sirviendo para sobrevivir en un entorno hostil y cambiante. No digo que los editores de libros deban convertirse, a su vez, en humildes propagandistas de ideas espurias, pero sí cabría sacar algunas conclusiones de este fenómeno que se está constatando en el sector de la prensa en papel.

Aquellos que, en adelante, quieran seguir ejerciendo su tarea como editores, harían bien en preguntarse si disponen de un concepto propio de la edición y van a apostar decididamente por él. De no ser así, puede que deban emprender cuanto antes el camino del camposanto, pues nadie les echará de menos.



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