Peter Handke y la escritura de los días tranquilos


José Luis Trullo.- La escritura no es un oficio, no es una vocación, ni una fatalidad, ni un deseo, ni un pasatiempo, ni una tortura. La escritura es la textura misma de los días, que se abren a su percepción más plena cuando se acuerdan con las palabras.

Peter Handke es, en sus dietarios, el taumaturgo de esta escritura intransitiva, que no se explica más que a sí misma, que no se entrega a la lectura si no es a condición de que el propio lector se convierta, él también, en juego escrito, texto en movimiento, letra herida por el tiempo, escritura arisca al análisis pero fuente de toda razón, de todo logos.

Dos libros son el testimonio elocuente de esta escritura esencial que, sin embargo, se escribe en silencio: El peso del mundo (1979) y la Historia del lápiz (1982). Se trata de dos libros en propiedad infinitos, pues el autor reconoce que "no pueden tener final". Escritos simultáneamente a los hechos narrados, son el "reportaje en directo de una conciencia": incluso podríamos decir que son los únicos libros de la historia literaria que no existen antes ni después de ellos mismos, y el hecho de que los podamos leer no es más que la confirmación de esta idea extraña, casi monstruosa.

Las anotaciones que aparecen no son aforismos, siempre demasiado esclavos del golpe de efecto que les disculpa la brevedad; no son, tampoco, sentencias lapidarias o bocetos de una obra más o menos futura, porque ellas son, en su evidencia autónoma, obra exitosa, estallido del lenguaje. Más que libros (invención de los editores), son documentos de la perpetua metamorfosis del decir en transcurrir, de la voluntad huidiza de las palabras, porque la palabra no quiere permanecer, sino emular a la vida: perecer una y otra vez, incesante, sin principio ni final.

Catapultadas a una atmósfera cero, donde el niño que fuimos y el adulto que somos asisten juntos al devenir puro de los acontecimientos en su inocencia, las percepciones ganan en la escritura diaria una densidad nunca vivida, un relieve inédito de recuerdo y profecía a la vez: así, el contacto suave de una rayo de sol en la mano o una frase de apariencia banal se proyectan hacia un espacio anómico, incluso edénico (¿y no es eso, poesía?), donde se renueva la alianza sagrada del verbo y del mundo, de la palabra que desvela la conciencia dormida y la cosa que concede la gracia de su trato. No es mística, pues no vuela: se arrastra por la superficie húmeda de los días, esperando el estallido único de una intensidad sobrecogedora. De este modo, el escritor se convierte en reptil sagrado, y esta es la imagen que más le conviene a quien sabe por experiencia propia que lo más profundo es (y será siempre) la piel.




NEILA Y LA ESCRITURA FRAGMENTARIA

Pensamientos de intemperie constituye una excelente ocasión para constatar que el género aforístico en España está en buenas manos, y se encuentra muy lejos de ceder a los cantos de sirena de la facilidad y el ingenio barato, proporcionándonos por el contrario numerosas ocasiones para el deleite intelectual, estético y moral. No en vano, este libro no ha sido escrito en un rapto de la inspiración momentánea, sino que es una amplia y cuidadosa selección de los cuadernos que, durante años, ha ido escribiendo Neila, poseedor de un dominio de la técnica fragmentaria y profundor conocedor del género. El resultado debe calificarse de un completo acierto.

ELOGIO DEL AFORISMO

Un aforismo puede ser una minúscula obra maestra. Cuando el humorista Lichtenberg apunta "Aquel hombre era tan inteligente que casi no servía para nada", hace una broma inolvidable. Al escribir el sutil Joubert "Cuando mis amigos son tuertos los miro de perfil", dice en pocas palabras algo admirable. El aforismo del cáustico Chamfort "Sé mi hermano o te mato", hace una crítica profunda a los excesos de la Revolución Francesa. Los aforismos en su brevedad demuestran la increíble fuerza de las palabras.



EL POEMA COMO GENERADOR DE SENTIDOS

Para José Ángel Valente, el poeta intenta aprehender lo sagrado por medio de la palabra poética, siendo el poema el que se eleva por encima de las palabras que lo componen; erigiéndose, por tanto, más allá de su propio creador. “Multiplicador de sentidos, el poema es superior a todos sus sentidos posibles. Y aunque todos ellos nos hubieran sido dados, el poema habría de retener aún de su naturaleza lo que en rigor lo constituye, la fascinación del enigma”, nos dice en Notas de un simulador. El poema, no el poeta, es el que genera los sentidos; es el que se adentra en lo sagrado, en un territorio desconocido para el hombre, invisible, ignoto e imprevisible en el que el poeta sólo puede retirarse, apartarse, contraerse, estar en el vacío. LEER MÁS

EL INSTANTE SAGRADO EN EL HAIKU JAPONÉS

El universo sacro conformado por la naturaleza en su conjunto y por la suma de todos los seres que habitan en ella, temática casi exclusiva del haiku, se manifiesta, en el imaginario colectivo del pueblo japonés, a través del instante. Ése es el instante que debe captar el poeta. La elemental composición del haiku responde a una concreta necesidad de expresión en la que la forma es impuesta por el trasfondo y la génesis temática del poema. La esencia de lo más elemental, el asombro ante los seres en su estado primigenio, la interjección pura, la contemplación y la plasmación del momento presente conforman el sentido poético de la literatura oriental y, más concretamente, del haiku japonés. LEER MÁS



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