Walter Benjamin y las técnicas del aura


José Luis Trullo.-  La tesis central del texto de Walter Benjamin, La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica,  es la siguiente: el desarrollo de la sociedad de masas y del capitalismo ha invertido el sentido tradicional de la obra de arte y su relación con el espectador, perdiendo ésta su valor ritual (derivado de su autenticidad, del hic et nunc de su originario valor de uso) y cobrando, a cam­bio, un evidente contenido político y social.

La obra de arte, cuyo significado primigenio consistía en exponer de manera esencial el ámbito de la verdad, se ve abocada por la aplicación de los métodos de reproducción técnica a la liquidación de su dimensión ontológica: despojada de esa naturaleza irrepetible que le confería el hecho de permanecer inscrita en el proceso de la tradición histórica, la obra de arte asume, en la era de su reproductibilidad técnica, los caracteres que definen a la propia sociedad capitalista (inmediatez, proximidad, cálculo), y así se ve despojada del aura que la definía en cuanto creación dotada de relevancia estética.

Antes de proseguir, puede sernos muy útil inda­gar las connotacio­nes que la propia palabra aura posee, en el propio texto de Benjamin pero, también, en tanto término incorporado a la jerga habitual de la investigación estética. Etimológicamente, la palabra aura se remonta al griego âo, soplar, y designa un tipo de viento, suave y apacible (nada que ver, por lo tanto, con el aureus latino, oro). Además, en el lenguaje médico, el aura es un acceso repentino, parecido a una congestión de vapor, que precede a un ataque epiléptico o asmático.

En su escrito, Benjamin define (en nota a pie de página) el significado que atribuye a la pala­bra: "Aparición única de una lejanía, por muy próxima que ésta pueda ser". Es decir, el aura es ese modo propio de manifestación de la obra de arte que, a la vez que se muestra en la institución de un contenido de verdad estética en un aquí-y-ahora, se guarece en la trascen­dencia de su manifesta­ción: "lo que es esencial­mente lejano es lo irrebasable". La obra de arte, en su dimensión material, acoge la verdad de la revela­ción de lo irrebasable, que a su vez permanece en la lejanía de lo que no puede resumirse en la materia. Esta concepción, que tanta importancia habrá de tener en la estética negativa de Adorno, se ve expuesta al peligro de su extinción en la sociedad industrial y la cultura de masas, como enseguida veremos.

Una lectura apresurada, preocupada tal vez por el progresivo deterioro del contenido ontológico del arte en el mundo contempo­ráneo, ha querido entender ese aura como una mera cualidad del objeto estético, esto es, un accidente mediante el cual podía reconocerse lo específicamente artístico y diferenciarlo así del simple kitsch. Una interpretación tal del aura (que es cercanía de lo lejano, puesta en obra de la verdad de lo irrebasable) se desentiende en realidad del contenido ontológico del arte, puesto que en último término trata de leer el aura como un signo tras el cual reconocer la sustancia propiamente artística.

Sin embargo, el aura tal cual la define Benjamin no puede dejarse reconocer como signo de otra cosa que sí misma, puesto que sólo en tanto aura hay obra de arte, y ésta no es tal sino en la medida en que se muestra en su aura. El aura, por lo tanto, no sería en ningún caso un atributo de la obra de arte, sino su modo de ser propio en cuanto ámbito de manifestación de la verdad de lo irrebasable.


Pues bien, la pérdida del aura de la obra de arte en la sociedad capitalista de masas se debe, siguiendo a Benjamin, a la supeditación del propio proceso de la creación a la exigencia de su reproductibilidad. Esta circunstancia, que se muestra de manera especialmente clara en la industria del entretenimiento audiovisual, amenaza con llevar a la ruina la dimensión ritual del arte: ésta consiste, no en oponerse hipotéticamente a una dimensión política, como aduce de manera un tanto confusa Benjamin, sino en ser el ámbito en el cual es posible la fundación de la verdad (y aquí debe entenderse el genitivo en su sentido subjetivo). Toda verdad, para hacer valer la relevancia ontológica que se le supone, debe trascender el marco de la pura especulación intersubjetiva (que la reduciría a producto de un pacto entre los hombres), puesto que es en el espacio abierto por ella donde toda especulación se hace posible; con otras palabras, la verdad debe ser fundante y no fundada, ya que sólo así es posible hablar de ontología (y no de sofística). La obra de arte es la puesta en obra de la verdad, porque en ella se consuma la apertura epocal por la cual lo irrebasable acude a la llamada de lo más próximo, guareciéndose uno y otro en su ser diferentes. Sólo porque la obra de arte apela a la lejanía a manifestarse en cuanto verdad en lo más próximo de la materia, es dable entender el aura como la esencia misma de la obra de arte.

La sociedad capitalista de masas, y su realización consumada en la técnica como metafísica del cálculo en la inmediatez de la presencia, condena a la obra de arte a la liquidación de su contenido de verdad (a la depauperación del aura) de manera muy diversa a la que postula cierta sociología de corte marxista.

El capitalismo, como organización general de la sociedad occidental basada en los principios fundamentales de la raciona­lidad, acaba con la dimensión ontológica del arte porque la propia civiliza­ción industrial ha transformado el significado de los conceptos de verdad y obra de arte. Veamos, muy brevemente, en qué consiste esta transforma­ción.

El concepto de verdad de la sociedad occidental en la era de la planificación total del mundo se rige por el modelo de la explicación científica. Según el método racional de la ciencia moderna, la verdad consiste en la adecuación de los enunciados teóricos a los hechos empíricos, con el objetivo de elucidar sus causas y predecir sus consecuencias. Así las cosas, de ninguna manera el arte puede considerar­se llamado a acoger verdad alguna, ya que se trata de una incumbencia de la razón teórica en su proyecto de explanación y dominación de los acontecimientos naturales.

El concepto de obra de arte, por lo tanto, resulta drástica­mente disminuido a una ocupación recreativa del espíritu en la contempla­ción gratuita de la belleza de las formas o, lo que es peor aún, bruscamente parodiado en el mercado global de la cultura de masas.

El desarrollo de la civilización de la racionalidad, que forma con el capitalismo y la cultura de masas una sola cosa, vacía a la obra de arte de su relevancia ontológica y, de esta manera, de su condición aurática. Esta depauperación de la obra de arte, disuelto su contenido de verdad y exiliada su función a fetiche inesencial de consumo masivo, configura y determina la situación histórica que describe Benjamin en el texto que nos ocupa (publicado, recordemos, en la Zeitschrift für Sozialforschung en 1936, en pleno auge de los fascismos). En nuestros días, cuando ha concluido el programa de ocupación total de lo real por parte de la ciencia, las reflexio­nes de Walter Benjamin se antojan de una insólita actualidad: de ahí la necesidad de acogerlas abriendo un espacio teórico contemporáneo en el cual podamos responder a la cuestión de la verdad en la obra de arte.