El don que mira adentro

Candela Vizcaíno.- El profesor Revilla, en su obra Fundamentos antropológicos de la simbología (2007), afirma que el ser humano probablemente se quedó fascinado cuando escuchó por primera vez la palabra, cuando se dio cuenta que podía comunicarse más allá de los elementos que le había dado la naturaleza, es decir más allá de un gesto brutal. Afirma el profesor que el hombre perdió con ello. Puede. No voy a hacer asertos categóricos porque a estas alturas ya sabemos que el conocimiento siempre es provisional. Bien poco dura lo que sabemos y, si esto es válido para los tiempos pasados, tenemos que aceptarlo para la sociedad contemporánea regida por las prisas y por unos cambios tan acelerados que no es de extrañar que nos invada el vértigo, cuando no es la náusea y el asco.

No me alejo mucho de la discusión. La palabra es un don. No me cabe duda. Con ella podemos acceder a una realidad fuera de nuestro alcance, alejada de nuestros sentidos. Con la palabra abrimos puertas a lo desconocido. Es bien verdad que, a lo mejor, no tiene la fuerza de las imágenes simbólicas pero la palabra nos hace hombres. Olvidar el don de la palabra, tratarla descuidadamente, mancillarla y manipularla es, también, pervertirnos a nosotros mismos como hombres, como seres que no solo participamos de la animalidad, tal cual el oso, el lobo o el león, sin ser conscientes de nuestra divinidad. Y cuando me refiero a este término no me acojo a ninguna confesión en concreto sino que lo identifico con lo oculto, con lo incognoscible, con lo inaprensible, con el fuego que arde dentro y que nos lleva a hacernos preguntas aunque éstas difícilmente puedan tener respuestas. Es esto lo que nos distingue de la bestia. Es la interrogación sobre la muerte y la vida, sobre lo que hay más allá del paisaje conocido, sobre el por qué de los hechos luctuosos e, incluso, de los felices. El hombre es el único animal –que sepamos– que no solo mira hacia fuera para reconocer los signos de peligro, el lugar de aprovisionamiento o de refugio, sino que es capaz de observarse hacia dentro y esto –aunque utilice en la mayoría de los casos imágenes simbólicas tomadas de la naturaleza– le requiere un gran esfuerzo de abstracción. Ni más ni menos tiene que imaginar algo que no existe a su alrededor o que existiendo no puede verse de una simple ojeada. El hombre recuerda y se proyecta en el futuro y para ello necesita de la palabra. La palabra es un instrumento sincrónico. Sirve para el aquí y ahora tanto del individuo como de la tribu –más o menos extensa– a la que pertenece. Pero ante todo es diacrónica y, por tanto, es la mejor arma contra el olvido.

Ahora, en este ahora mismo que tú, lector amigo, y yo compartimos nos tenemos que aferrar a la palabra porque ella, que es regalo divino (del dios que quieras), nos impide resbalar por el abismo de la brutalidad, de la injusticia, de la insensibilidad y de la alienación que da el olvido, el olvido de nuestra humanidad con sus pocas luces y muchas sombras.

Cuando leas esto, intenta utilizar la palabra para el bien y la felicidad. Es un ruego hecho con lo único que tengo: con palabras.




EL POEMA COMO GENERADOR DE SENTIDOS

Para José Ángel Valente, el poeta intenta aprehender lo sagrado por medio de la palabra poética, siendo el poema el que se eleva por encima de las palabras que lo componen; erigiéndose, por tanto, más allá de su propio creador. “Multiplicador de sentidos, el poema es superior a todos sus sentidos posibles. Y aunque todos ellos nos hubieran sido dados, el poema habría de retener aún de su naturaleza lo que en rigor lo constituye, la fascinación del enigma”, nos dice en Notas de un simulador. El poema, no el poeta, es el que genera los sentidos; es el que se adentra en lo sagrado, en un territorio desconocido para el hombre, invisible, ignoto e imprevisible en el que el poeta sólo puede retirarse, apartarse, contraerse, estar en el vacío. LEER MÁS

EL INSTANTE SAGRADO EN EL HAIKU JAPONÉS

El universo sacro conformado por la naturaleza en su conjunto y por la suma de todos los seres que habitan en ella, temática casi exclusiva del haiku, se manifiesta, en el imaginario colectivo del pueblo japonés, a través del instante. Ése es el instante que debe captar el poeta. La elemental composición del haiku responde a una concreta necesidad de expresión en la que la forma es impuesta por el trasfondo y la génesis temática del poema. La esencia de lo más elemental, el asombro ante los seres en su estado primigenio, la interjección pura, la contemplación y la plasmación del momento presente conforman el sentido poético de la literatura oriental y, más concretamente, del haiku japonés. LEER MÁS

PALABRAS DE MÁS...

Palabras que sobran e imágenes que faltan. Así son los libros de José-Miguel Ullán. Así son unos textos bautizados por su creador como agrafismos. Así es el peculiar universo poético que ha hecho escuela, la que enseña que la palabra está íntimamente relacionada con la imagen, que la poesía no puede existir sin lo visual, que la pintura tradicional no puede sobrevivir si no es con poesía. Estamos ante un escritor que se siente más cómodo en el campo de lo que se ha venido en llamar poesía visual. LEER MÁS


PANORAMA DE LA POESÍA VISUAL ESPAÑOLA

Lo que conocemos como poesía visual se enmarca en lo que se ha convenido en llamar, desde la década de los sesenta, arte conceptual. Los límites no están y nunca han estado del todo claros, ya que con la misma etiqueta de poesía visual se encuadra las composiciones de ars sonora, body art, mail art, la instalación o la performance. Claramente intertextualizada con otras artes y otras formas poéticas contemporáneas e, incluso, muy anteriores a su eclosión, la poesía visual en España apareció allá por la década de los sesenta casi mezclada con las reivindicaciones políticas y sociales de la época. Los jóvenes artistas que encabezaban aquellas manifestaciones se miraban en el espejo de un Joan Brossa quien, totalmente en soledad y al margen de cualquier colectivo, iba pacientemente creando en su estudio abarrotado de objetos de todo tipo, una composiciones  visuales entre el arte objeto, la escultura y la poesía que es lo que se ha venido en denominar como poesía visual. LEER MÁS

LA DESOLADA QUIMERA DE LUIS CERNUDA

En México, la vida de LuIs Cernuda transcurría con extrema sencillez: apenas visitaba a nadie, vivía modestamente y en familia en casa de Concha Méndez, hacía de tío Luis llevando y recogiendo los niños del colegio, daba sus clases en la Universidad, iba al cine y se preparaba para el adiós. Ese adiós se llamaría Desolación de la Quimera, la obra cumbre del poeta y uno de los mejores libros de poesía en español, escrita entre 1952 y 1962 y publicado de forma independiente ese mismo año. Cernuda intuía su final, sabía que se acercaba la hora de la muerte y parece que se empeñó en dejar recogido una especie de testamento literario, donde se esmera en atacar, con un lenguaje ácido, crítico y desapasionado –eso sí, magistral-  a todos aquellos que, según el poeta, han forjado “su leyenda”. LEER MÁS