¿Qué fue del pensamiento débil?

Gianni Vattimo
Carla Manzano.- Todo el mundo cree saber lo que quiere decir cuando acusa a alguien de débil: significa tanto como descartarlo de la circulación por pusilánime, abúlico, falto de carácter y, en definitiva, incapaz de regirse por sí mismo. Por ello, la publicación de un libro de filosofía que se llamaba a sí mismo así, débil (Il pensiero debole, Feltrinelli, 1983, traducción española en Cátedra, 1988) no dejó de causar cierto revuelo entre los círculos más inquietos del pensamiento europeo. Aún más, si cabe, al comprobar que entre los colaboradores del volumen se encontraban autores tan poco sospechosos de incapacidad como el semiólogo y novelista Umberto Eco, el historiador del pensamiento y la estética Gianni Vattimo y el especialista en lenguajes articiales y filosofía del lenguaje Diego Marconi. Pero todo tenía su explicación.

El proyecto (ideado, estimulado y coordinado por Pier Aldo Rovatti y por el propio Vattimo) aglutinaba textos de autores que se querían herederos de la llamada escuela de la sospecha de Marx, Nieztsche y Freud, a los cuales pretendían incluir, de forma original, en el debate intelectual de la Italia de los ochenta. Aun así, las influencias eran de mayor alcance, y alcanzaba a filósofos puros y duros como Heidegger y Wittgenstein, escritores como Peter Handke y Franz Kafka, investigadores de lo real como Lacan y Serres, etc. Como basso continuo, se diseñaba una idea genérica de la filosofía que rechazaba la pretensión de adueñarse del fundamento del mundo, para apostar por una actitud contemplativa, reservada y, en cierto modo, irónica (en el sentido rortyano de la palabra, no socrático) del pensamiento, el cual sólo en este sentido se podía denominar débil. La debilidad filosófica era, pues, antes una actitud subjetiva del filósofo frente a su tema de reflexión, que una propuesta de contenidos. La confusión de uno y otro plano dio pie a una polémica, liderada por Habermas y sus adláteres comunicativos.

Desde los cenáculos umbríos y herrumbrosos de la Academia se acusaba al pensiero debole de renunciar a la hegemonía de la filosofía en lel análisis del mundo; lo cual era cierto, pero con un matiz importante: la debilidad es, en filosofía, el mejor salvoconducto para conversar con el mundo, sin por ello aplas­tarlo bajo el puño del concepto. La incomprensión del carácter comprometido del pensamiento débil (pues, lejos de renunciar a nada, se aviene a comprender la verdad que se aloja en los enunciados, en todos ellos) se extendió como un cáncer por el cuerpo filosófico, hasta alcanzar las aceras y los edificios: hoy en día, lo débil se vende como sinómino de bajo en calorías y bueno contra el colesterol.

Pero la debilidad filosófica es, aunque muchos no se quieran enterar, uno de las apuestas del pensamiento más valientes de las últimas décadas.

La malicia en la recepción del pensamiento débil, la presunción de culpabilidad que ha rodeado a sus autores y, al fin y al cabo, la ignorancia supina de los filosofantes españoles respecto a cuanto concierne a esta tendencia del pensamiento, ha adelgadazado su impacto en los estratos más profundos del segundo oficio más viejo del mundo (pensar). Con todo, ya es hora de que se tomen los textos y se valore en su medida hasta qué punto la debilidad es, en filosofía, una pregunta todavía sin respuesta.



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