Wolfe: retrato del escritor fluvial


José Luis Trullo.- Atarse a la pata de la silla, encadenarse al escritorio, caminar con el cuaderno encima por si (momento imprevisible) la frase perfecta, el verso redondo, caen sobre nuestra cabeza y deambulábamos con las manos en los bolsillos. Franz Schubert escribía en las cervecerías las melodías de sus lieder, trazando las notas en servilletas de papel: pero el escritor, fetichista de su propia letra, profesional de la palabra, se exige a sí mismo una disponibilidad completa que sólo puede ocasionarle problemas (de método, pero también, sobre todo, de fondo: de forma).

Entre muchos otros, Thomas Wolfe lo sabe, vaya si lo sabe. Él, fuerza de la naturaleza, verbo incontinente, lengüipronto cuyas palabras brotan por los descosidos de su camisa, se ha diplomado en el arte difícil de pegar la hebra, de escribir ríos que se leen y desembocan en ese mar que es el lenguaje abrupto, mineral, casi atlántico. Sus novelas son, en efecto, fluviales: como el tiempo, como la memoria. Manan de una fuente lejana que se secó el maldito día en que el primer hombre remontó el curso de las palabras para nombrar el origen: Prometeo Gutiérrez, Sísifo Pérez o Tántalo Rodríguez, sea cual sea su nombre real o mítico (pero el momento fundador se encuentra siempre antes de la realidad, a la que borda tras romperse en pedacitos de ciencia), ese primer hombre desecó el verbo incesante y formó un dique de estilos y fronteras, de dogmas y categorías prêt-à-porter, perdiendo para siempre el don de nombrar el mundo a discreción.

Otro incontenente magistral (Cela) escribía muchos siglos despúes: "Vestir a la literatura con pantalones y chaquetas de confección [...] es vano propósito porque la literatura, al final, sale por el arbitrario registro de la mala crianza y se baja los pantalones a destiempo o se presenta, ¡qué descaro!, con la chaqueta al hombro y el culo al aire". No en vano Cela llama a la literatura "violento -y por ende imparcelable- torrente": flujo y reflujo de palabras sin orden ni concierto, o mejor, con un concierto complejo que impugna y ridiculiza las recetas de la preceptiva culinaria que se cocina en los talleres literarios americanos. Del mismo modo que el Concierto para orquesta de Béla Bartók significa una agresión a su forma canónica tradicional (¡cómo si el único acuerdo entre los instrumentos fuera la sonata!), la novela-río es eso mismo, el lenguaje con el culo al aire, el apogeo del tiempo de la palabra primigenia, el lento pero seguro retorno de las palabras perdidas el primer día de la primera palabra, la conmemoración fúnebre, el llanto elegíaco por la patria perdida y el exilio forzoso.

Pero, ojo: el escritor fluvial-wolfiano (que es con toda seguridad el trasunto del escritor insular-kafkiano, y éste el trasunto de aquél, ambos unidos por una común aspiración y separados por una misma resistencia) no sería una suerte de reparador de una injusticia cometida en el principio, sino el cantor de la falta: puesto que esa grieta le separa y atrae al mismo tiempo a la escena de la violencia original, sólo si mantiene abierta la herida puede articular el himno inarticulado de los muertos, el sentido pesar por la Atlántida que, al hundirse, creó la estirpe humana y abrió el tiempo de la nostalgia.

El escritor fluvial es, a diferencia del escritor insular, un titán que se empeña en golpear los tobillos de Zeus a pesar de yacer en el suelo con los brazos destrozados. Poseído por una furia escritora que se asemeja, en ciertos momentos, a la pura escritura automática (pero la escritura nunca jamás es del todo inconsciente: en todo caso, resulta hiperconsciente), Wolfe constata que su problema no es otro que la "falta de proporción" de su propio cometido. En efecto, al escritor le ha sido franqueado el paso a un reino indómito donde las palabras se le mostraban desnudas y todas a un tiempo; pero, de nuevo en la tierra, en el tiempo de los hombres, vuelve a ser un simple mortal, el traductor de vuelo corto de un texto ilegible que permanece en la genizah de la memoria, pudriéndose al contacto del mundo, de las editoriales y los premios literarios.

Como Baudelaire, que escribe en una habitación doble donde se reproducen la gloria y la miseria, el escritor se debate entre el cielo y el infierno, en un pulso sin final.

Pero Wolfe, conservando ese épica de lucidez que le permite escribir la Historia de una novela (lucidez que está reservada a muy pocos autores, a los que nunca agradeceremos como se merecen su constancia y tenacidad), debe acabar reconociendo la derrota y claudicar ante la evidencia de que nunca podrá llevar a cabo la tarea que le fue (¿cómo? ¿por qué?) encomendada. "Y ahora, por primera vez, una duda terrible comenzó a deslizarse en mi cerebro: que no fuera a vivir lo suficiente para expulsarlo (el feto de la creación], que hubiera creado una obra tan grande e imposible que una docena de vidas no alcanzaran para realizarla".

Ni una docena, ni un millón y media de vidas serían bastantes para escribir el libro del lenguaje, el libro de los ríos: ni siquiera la pluma afilada de Joyce pudo lograr otra cosa que recrear el tiempo de Dublín, y todavía es la piedra en la que tropezamos y sobre la que no podemos construir iglesia alguna (arcángeles nos faltan).

La luz del tiempo es el tiempo del lenguaje, y sólo en la pura ilusión de la memoria se desvela el secreto cifrado de la palabra. No hay tiempo para el tiempo aquí; no vivimos lo bastante, no somos dignos de tamaña grandeza. Nos caímos antes de levantarnos y el río que nos lleva desemboca en un mar contaminado por botellas de cola y preservativos usados. La espera es inútil, la fuerza es débil, el mundo se acaba y sólo el lenguaje permanece, roto, en el recuerdo.


 El Aforista