Ana Ares, solista de voz limpia


Elvira Daudet.- Eugene Evtushenko me contó, en una entrevista que inició con conmovedor lirismo y concluyó de forma grotesca (La Actualidad Española, abril de 1968), que en la visita a un cementerio de Georgia descubrió que las lápidas tenían unas extrañas inscripciones bajo los nombres: "Vivió seis horas", "vivió tres días"... ‒Así, fui recorriendo sobrecogido el cementerio ‒dijo el poeta‒. Al finalizar, le pregunté al guarda si era un cementerio exclusivo de niños, y éste contestó: "Fueron hombres, pero aquí sólo contamos de la vida de un hombre el tiempo que dedicó a los demás". ¿Recordaríamos nosotros, con la exactitud puntual del guarda del cementerio de Georgia, el tiempo dado a los otros, entregado al amor? Ana Ares lo ha conseguido con una sencilla ecuación: (X x T = amor partido x 55 minutos). 55 minutos es el contenido de dicha que cabe en menos de una hora; la breve eternidad cotidiana concedida por los dioses a los amantes.

55 minutos es un libro deslumbrante, un torrente de emoción, contenida con mano sabia y firme, que concilia la belleza con la rigurosa exigencia formal que se ha impuesto la autora, tal vez con el inconsciente deseo de demostrar que no sólo está a la altura de los varones que dirigen la orquesta poética y atesoran laureles y las escasas monedas de este escuálido mundillo, sino por encima de muchos de ellos.

El poemario, cuidadosamente estructurado, está dividido en tres cantos: "Antecedentes", "Hechos probados" y "Atenuantes". Todos los poemas que componen los cantos se sostienen con elegante firmeza de principio a fin, sin gangas, artimañas ni fuegos de artificio. Sus versos son brillantes, eficaces como piezas arquitectónicas diseñadas para encajar y acoplarse en el espacio, en un deliberado deseo de unión permanente e inalterable como el mármol, a pesar del amargo presentimiento sobre la fugacidad del amor que asalta a la poeta antes incluso de comenzar el libro. En un poema que sirve de introducción a éste, concluye: "De nosotros tan solo / papeles quedarán", iluminados versos que de entrada nos golpean los ojos, arañan nuestras retinas con su blancura de cal, y, en el hallazgo de su sencillez, recuerdan la desolación del último verso del soneto más bello de Quevedo, y probablemente de todo el Siglo de Oro: "polvo serán, mas polvo enamorado". ¿Qué más da si son papeles o cenizas, si en ambos casos son los restos del amor ardido?

La segunda entrega de Ana Ares es un libro ambicioso, de amplio registro, lleno de nervio y de personalidad, pero a la vez depurado al máximo por un extremado afán de perfección que, afortunadamente, no ha mermado en la poda un ápice de su frescura, ni alterado la tórrida
pasión que lo anima y consigue sacar chispas a las palabras.

Adherida a tu espalda
comprobar que no duermes
y arrastrarte a mis sueños.

Poemas de sacerdotisa pagana entregada en cuerpo y alma a su dios, que no obstante llevan una calculada dosis de veneno desleído en la dulzura del licor que goza, como una última rebeldía:

Ha de llegar para ambos
un día singular, un día de fiesta.
 Un cementerio donde enamorarnos.

Todo el libro es un canto de amor, con sus cargas explosivas sabiamente colocadas para la demolición perfecta, en caso necesario. El libro de Ares está lleno de felices hallazgos, de excelente poesía; una prueba de súbita madurez que nos ha sorprendido a los lectores, mas no excesivamente. Ana Ares ya nos había anunciado, con voz clara y rotunda, en su prodigioso primer libro Atreverse al mar, que poseía el raro don de la poesía, y que venía a quedarse en el lugar que le corresponde por derecho. Y lo hacia en un alarde de espontaneidad, fuerza creadora, y de verdad. Es decir, la sorpresa venía ya dada en ese fascinante libro con el que Ares inauguró el sutil temblor que acompaña a la auténtica poesía, en el que reclamaba la atención del lector para convocarle al suculento y exquisito banquete de la emoción humana.

La poesía, esa flecha silenciosa que espera a los lectores pacientemente, durante años, incluso durante siglos, para abrirnos una brecha de luz entre los ojos que nos haga mirar y ver el mundo por primera vez, no es un acontecimiento frecuente, por eso hay que celebrarlo cuando se produce. Este atormentado y confuso final de época ha hecho germinar por generación espontánea, probablemente como reacción a las abominables bandas mafiosas que nos saquean, una abundante cosecha de poetas, quizá excesiva ‒la bondad humana es pródiga y equivalente a la maldad‒, favorecida por la facilidad que ofrecen las nuevas tecnologías. Hay demasiadas voces, mucho ruido: corales que repiten tediosas las mismas notas, idénticas palabras como un eco vacío; poetas parcos de formación, sin lecturas, que escriben con plantilla, magos de humo tramposos. Puede resultar fácil descartar a los menos dotados a primeara vista, pero ¿cómo oír, en medio del clamor, el tenue silbido de la flecha y descubrir las voces que cruzarán la frontera del presente? Ni el más avisado y clarividente crítico se atrevería a apostar por una voz que vaya a superar la "cuarentena" que exige la excelencia para señalar la obra maestra que convertiría en inmortal a su autor, felizmente. ¿Quién sería tan necio como para interesarse por la posteridad con el mundo haciéndose añicos? Sin embargo, no hay que desanimarse, amigos: el mundo se desintegra pero la poesía, pese a la confusión y el griterío, goza de excelente salud y el mañana está a la vuelta de la esquina. En medio del ruido, siempre surgen solistas de voz limpia y potente que cantan su propia música. He tenido el privilegio de conocer a algunos de ellos, entre los que se encuentra Ana Ares, que son la esperanza en la poesía de mañana.
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Ana Ares, 55 minutos. Ediciones Vitruvio, Madrid, 2013.





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