Daudet y la poética de la veracidad


Paco Moral.- Si el encasillamiento del poeta en alguna corriente de la poesía española contemporánea es una labor ardua (hay tantas poéticas, casi, como poetas), en el caso de la poesía de Elvira Daudet esto es especialmente cierto. La verdad, como dijo el cantor, no es lo evidente, sino su mitad. Y lo evidente, lo fácil, lo más cómodo, sería apostar por una definición de la poesía de Elvira Daudet como “adscrita” al figurativismo tan de moda últimamente. Pero eso sería sólo lo evidente y, por tanto, la mitad de la verdad. La propia autora lo explicaba una vez: “Mi poesía tiene como principio y fin la criatura humana, todo lo demás está subordinado a este valor. Entre lo sublime y lo común, yo elijo como materia poética lo común: el pan antes que la rosa”. Una declaración de principios que, sin embargo, esconde un hecho notorio, yo diría que único y primigenio en la poesía española del último tercio del siglo XX: su poesía es, fundamentalmente, una lucha de tú a tú con el dolor, con el sufrimiento como inevitable motor de vida, y con el hombre como centro único y casi exclusivo de la materia poética. Lejos de la banalidad “sucia” de algunos de sus contemporáneos, y de la frialdad parnasianista de otros, la poesía de Elvira se imbrica casi con lascivia en el tuétano mismo de la persona, en la esencia misma de la “vida”.

Aunque ha sido su último libro publicado hasta la fecha, Cuaderno del delirio es en realidad previo en su factura a su anterior obra publicada, la portentosa Laberinto carnal, y ambas llegaron tras tiempos de silencio. Elvira Daudet, que se retiró una larguísima temporada del mundo endogámico y asfixiante de la poesía (y de los poetas), volvió a la carga con una artillería incontestable: en lo temático, con el amor y el desamor como motores de todo, como fuente de placer y de dolor, de tibieza y de desgarro; y en lo verbal, con un lenguaje de una riqueza que no es habitual no ya en la actual poesía, sino en la de muchos de los considerados “grandes”. Acaso porque Elvira es, en mi humilde opinión, una de las voces vivas más portentosas de la lírica española, grande como los más grandes.

De una humanidad sin concesiones, a ratos llena de rabia desbordada, en otros se deja acunar por la tibieza de lo cotidiano, pero lo hace sin engaños, sin ese desbordamiento artificial al que nos han acostumbrado algunos, donde la “experiencia” pareciera más un modo sencillo de quitarse de en medio los versos con fáciles recursos. Cuaderno del delirio es, por buscarle una definición que pudiera servirnos, la expresión más honesta y prodigiosa de lo que yo bautizaría, sin temor a tachaduras, como Poética de la Veracidad. Y sin embargo, en esa verdad de la poeta, no hay una sola coma que no se ciña a su vez a la belleza incontestable y sangrante de la palabra. Si el dolor existe, que sea hermoso; si el desamor me mata, que la sangre que mana sea transparente; si la vida duele, que me acompañes tú, lector, en mi dolor, como un hombro propicio al rescate, como un cómplice del desamparo.

“Me moriré en París, con aguacero…” decía César Vallejo. Y hasta París nos lleva Daudet, en medio de un aguacero, de una tromba de sentimientos que van del gozo y el delirio del descubrimiento, hasta la delirante angustia de la pérdida. Dolor de lo perdido, sinrazón del desamor que se adereza con el paso del tiempo… El poema que abre el libro se inicia con un verso...

“Hubo un tiempo donde todo fue bello”

... que tiene su respuesta en el último verso del mismo poema:

“Bastaría un instante, la dicha fue tan breve”.

O la vida como un círculo concéntrico, como una espiral donde al dolor le sigue siempre el gozo… pero sabiendo, en la omnisciencia del poeta, que el camino es de ida y vuelta, y que irremisiblemente ese viaje terminará en el punto de partida.

Y también los sueños, esa proclama casi infantil de esperanza, en contraste a veces radical con el tono duro y aherrojado de los versos más oscuros del poemario:

“no deseo promesas ni un anillo de boda,
me basta con que viajes conmigo por la luna”.

Sin concesiones a la metáfora gratuita, desgrana verso a verso, y golpe a golpe, un itinerario sentimental tan hondo, tan vívido, que el lector no puede dejar de sentirse a la vez testigo de cargo y cómplice de un “yo” carnal fundido en el poético. El “tú” siempre es el mismo: el amado, el desamado, que transita, mudo, a través de las páginas del libro, apareciendo y desapareciendo como el fantasma del dolor.

“Tú te habías fugado, inesperadamente
como la propia vida,
sin el coraje de decirme adiós”.

Dolor que es, en definitiva, quien habita siempre el corazón del amante, vaciándolo de todo lo que no sea pérdida, desgarro, desamparo…

“En la casa de niebla en la que habito
la vida y sus asuntos
ocupan cada día menos sitio”.

Pero también dolor que puebla de sentido la vida en los momentos en los que desaparece. Porque eso es vivir para Elvira Daudet: la parte que merece la pena vivirse de la existencia.

“Vuelvo. He conseguido salir del agujero
que un día me engulló siendo muchacha.
La luz de la mañana me acaricia
como la tibia seda de unos brazos de madre”.

Estamos pues ante un poemario “de amor” en el sentido más amplio de la palabra: amor/desamor, como motor, como combustible, como cura y como castigo. Nos lo dice así la autora en el cierre de este libro fundamental en su carrera, y creo que en la lírica española contemporánea:
“El amor perjudica la salud; no amar, es la muerte.”

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Elvira Daudet, Cuaderno del delirio. Ediciones Evohé, Madrid, 2012. 




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