Derecho a callar


José Luis Trullo.- Si hemos de tomar como verídica la realidad que nos ofrecen los medios de comunicación (lo que significa, de entrada, una elección muy arriesgada, pero habitual en nuestros días), se podría pensar, tal vez ingenuamente, que vivimos en una sociedad donde todos tienen opiniones. (Todo el mundo quiere decir: los que disponen de elementos de juicio sobre un tema y los que no; opiniones significa: criterio formado sobre este mismo tema sobre el que juzgamos).

La proliferación imparable de las opiniones (cualificadas o no, parece no tener ningún importancia: las opiniones son equivalentes entre ellas, de la misma forma que todos los votos tienen la misma importancia para el recuento final) nos muestra un mundo donde, quien más quien menos, cree tener su derecho a hablar. Hablar por hablar, la cuestión es no callar, no permanecer al margen de los acontecimientos que se supone tienen que preocuparse todos los ciudadanos. Una ley del parlamento, la despenalización del consumo de droga o el ultimo fichaje del Barça: el objeto de la opinión no es tan importante como el hecho mismo de opinar.

Opinar es la forma que ofrece nuestra sociedad, por lo demás muda para la articulació de una verdadera voz civil, de integrarse en el discurso de lo que es noticiable; podríamos decir que dar nuestra opinión ante un micrófono o en las redes sociales es, incluso, la única forma de convertirnos nosotros mismos en noticia. Nada es real, ni tiene entidad propia ni puede crear efectos, hasta que no es accesible a la colectividad de opinadores, los cuales sitúan el evento (normalmente, polémico: de esta forma, la opinión traduce sus efectos sobre la sociedad) en unos términos mensurables y, de rebote, susceptibles de análisis, control y ulterior neutralización.

El principio es el siguiente: lo que no es transmitido (lo que no es susceptible de intercambio, de emisión y recepción), no existe (no tiene un espacio propio en la red comunicacional). La paradoja, sin embargo, consiste en que la convergencia de las opiniones en torno a los medios y las redes sociales (las cuales se han convertido en una auténtica ágora invisible, en un nuevo coro griego) no detiene la dinámica voraz del hecho-opinión, peligro-antídoto, sino que estimulan su hipertrofia. Tuits, encuestas, cuestiones, sondeos, debates: los medios han ido cediendo progresivamente el lugar de la noticia a la exposición de la opinión sobre la noticia, hasta el punto de que se acerca el día en que los titulares de los telediarios hablarán, no del evento X, sino de la opinión de A, B, C y D han dado sobre el evento X, el cual ni siquiera será necesario conocer en detalle para comprender el alcance social de sus efectos.

El derecho a hablar es el derecho de los ciudadanos a pasar de ser puntos receptores en puntos emisores de la comunicación: es la revuelta del público. La programación de las televiosiones dedica una gran parte de su tiempo a reunir a una serie de personas que se han autoseleccionado para opinar sobre tal o cual tema de actualidad. A veces, el debate televisivo parece una mera excusa para hacer amigos y enemigos delante de la cámara: la televisión actúa entonces de fuente de creación de sociabilidad, la cual, por otra parte, se ha ido desvaneciendo por el progresivo aislamiento de las personas en las metrópolis. Así pues, la televisión, las redes sociales, los medios de comunicación en general, crean una ilusión de comunidad la que empieza y termina en la pantalla, pero que tiene unas consecuencias sociales y políticas indudables. Al fin y al cabo, la ideología que se deriva de la gran Familia de los Espectadores no deja de ser profundamente mesocrática, ya que favorece la equidistancia de todas las opiniones independientemente de su cimentación.

Contra la bulimia de la opinión, hay que reivindicar el derecho a callar, vale decir: a no darse por aludido, a ser indiferente a ciertos temas, a pasar de la confrontación de los pareceres a la dialéctica de las ausencias. Y es que tras la tolerancia aparente de las opiniones, existe un poso de incapacidad: la de dar y recibir razones, la de escuchar y hablar con respeto, exponiéndose a abandonar la propia instalación para abrirse a la itinerancia racional, siempre precaria y susceptible de revisión.

Quizás un silencio con contenidos, meditativo y lleno de sentido, sería una dieta recomendable para no ser engullidos por el ruido mass-mediático que amenaza cuando pulsamos el botón del televisor o del móvil, o abrimos las páginas del (ya agonizante) diario en papel.


 El Aforista



LA CONDICIÓN JÁNICA DE LA MODERNIDAD 

La Modernidad no se agota en el cumplimiento del programa ilustrado de conquista del mundo por la razón, aunque bien es cierto que ésta es su inquietud más visible. Por el contrario, aquello que le es de algún modo consustancial consiste precisa­mente en la imposibilidad efectiva de su consumación (y la noción de progreso es la coartada que pospone la clausura del proceso al infinito). Imaginemos entonces que la esencia de la Modernidad consista, no en la iluminación de las causas de lo real, sino en su escisión autoproducida: que la constitución de sus objetos indujera igualmente la nulidad de sus propósitos conquistadores en forma de antagonismo indisoluble. En tal caso, la Modernidad deviene la apertura del pensamiento a la oscilación de los conceptos (todo-nada, universal-particular, racional-irracional), de manera que todo incremento de la determinación lo es también de la atracción por lo indeterminado, la constatación de un fondo impreciso que se sustrae al cálculo. LEER MÁS



EL TRANCE HIPNÓTICO DE LA VERDAD

Al hombre desencantado contemporáneo, su razón le dice que no es posible el milagro, su corazón dice “sí” a algo que su cerebro ha de decir “no”. La fe se convierte, pues, en un residuo, en la expectoración de un sentimiento desarraigado de su razón fundamental. Pero la verdadera paradoja es que la fe en el extravío  es la única forma de romper el círculo de tensión inhumana que afecta al cristiano desencantado, al cristiano moderno. En este contexto, el Johannes de Ordet representa literalmente la salvación, pues en él se expresa la definitiva coherencia de un alma que no está enfrentada a su entendimiento, sino que incluye en él la experiencia de lo sublime. Ni siquiera Kierkegaard se veía liberado de esta fatal escisión. Su teología se resuelve en una apelación a lo sublime a expensas de la razón. LEER MÁS



 Soledad y destino