Papá ya es centenario (y Arrabal, octogenario)

Berta Rarath.-  El pasado 11 de agosto, Fernando Arrabal (Melilla, 1932) cumplió 80 años. A modo de homenaje, el escritor y editor Raúl Herrero ha reunido una serie de artículos y estudios en torno a la figura del insigne patafísico, así como un vistoso muestrarrio de poemas, piezas teatrales y diversos artefactos que rinden abierto y devoto tributo al escritor norteafricano. Por un lado este libro incluye una pequeña antología de textos ya publicados en diversos medios y soportes, al tiempo que agrupa un abundante número de trabajos y creaciones inéditas, lo cual le confiere una naturaleza híbrida excitante y vertiginosa, dándole a la lectura del volumen cierto empaque de viaje iniciático y vórtice retrospectivo. Si ya es difícil orientarse en la procelosa obra de Arrabal, qué decir de hacerlo entre los arrabales rabelaisianos (y ravelesianos, por lo del vals en espiral) de tantos amigos y algún que otro extraño.

El volumen incluye 44 páginas en color con obras de arte dedicadas a Arrabal, pero también una entrevista inédita al propio autor y a su esposa Luce Moreau, recuerdos de amigos, cuatro piezas teatrales completas, el artículo por el que Arrabal recibió el premio “Mariano de Cavia”… A lo largo de las distintas intervenciones se repasa la presencia-ausencia del padre, el encarcelamiento de Arrabal por la justicia madrileña en 1967, su amistad con Breton, Jodorowsky, Kundera, el Grupo Pánico… De un modo u otro escriben, pasean o muestran testimonio en este libro autores como Andrés Ortiz-Osés, Milan Kundera, Eugène Ionesco, Alejandro Jodorowsky, Samuel Beckett o Michel Houellebecq, siendo de tal magnitud y extensión la nómina de invitados, que uno llega a temer que no haya incluso alguno inventado. Porque, con amigos así, ¿quién necesita enemigos? Tanto es así que el lector puede sentirse a ratos intimidado, como si le pusieran en la espalda un enorme trabuco (por supuesto, cargado).

Arrabal 80 constituye una excelente ocasión para conciliarse con un autor cuyas desafortunadas apariciones televisivas han acabado ocultando ante el pequeño gran público la magnitud de una obra y una figura que no debemos temer calificar de histórica (o, cuanto menos, de patahistórica). El humor, el amor y el horror se entremezclan, ya no sólo en los textos de Arrabal, sino en los de los amigos de Arrabal cuando escriben de Arrabal, convirtiendo lo que podría haber sido un aburrido besamanos en un estimulante (y sobreestimulado, todo hay que decirlo) espectáculo en el que cierto histrionismo se mezcla voluntariamente con un sobrado empaque intelectual y filosófico.


Más allá de sus evidentes pretensiones panegíricas (bien merecidas, y legítimas), el libro ofrece abundantes motivos para el regocijo íntimo: provocador, caótico, orgánico y proteico, escupe de su seno cualquier rigorismo académico, el cual supondría, en autor y en editor, una auténtica ofensa moral, y hasta un desdoro. Lejos de caer en la trampa del túmulo cinerario, Arrabal 80 se constituye en una gran fiesta para el intelecto que el lector no debe dejar pasar y que, bien mirado (con el ojo malo), casi podrá reeeditarse, tal cual, sin menoscabo, el día en que se concelebre su primer Centenario.

¡Larga vida a Arrabal! Y a Raúl Herrero, haciendo en este trance un papel más que estelar: sidéreo...

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Raúl Herrero (ed.), Arrabal 80. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2012, 540 páginas.