Uroboro es una revista electrónica que ya ha cumplido su séptimo aniversario de vida, con la decidida vocación de habitar en el cruce de caminos entre la filosofía y la poesía, la mente y la palabra, la carne y el espíritu. En ella, el lector inquieto y disconforme con las taxonomías académicas de los saberes puede encontrar textos de creación y reflexión en los ámbitos de la literatura, el pensamiento y las artes plásticas, todo ello desde una perspectiva crítica con cualquier ideología que se proponga a sí misma como única detentora de la verdad absoluta. (No juzgamos y por ello no aceptamos ser juzgados por ello). Es decir, en Uroboro nos confesamos radical y activamente dialogantes, liberales, tolerantes y plurales. Por ese orden, además. Editor: José Luis Trullo. contacto: uroboro.es@gmail.com.


¿QUIÉN CREE AL ESCÉPTICO?

Según un diagnóstico muy repetido, aunque no por ello incierto, la Modernidad es una modalidad cultural caracterizada por el recelo: todo para ella es sospechoso de servir a un fin espurio, susceptible de ser desenmascarado y sacadas a la luz sus falacias constitutivas. En este orden de cosas, la Ilustración sería la responsable de "arrojar luz" sobre las tinieblas que se habrían cernido sobre la humanidad a lo largo de su historia, asumiendo la tarea de rectificar las erradas sendas por las que habría transitado y colocándola en el buen camino: el señalado por ella, obvia decir. La ciencia (y su brazo práctico: la técnica) sería el instrumento adecuado para guiar a la especie hacia su pleno desarrollo, liberada por fin del yugo del mito y la religión. LEER MÁS


EL TIRANO ANTE EL ESPEJO

Según el autor de este artículo, "los tiranos de todos los tiempos (y no me refiero sólo a los personajes infaustos, sino también a las masas enardecidas) sólo tienen una idea en mente: que el mundo entero les devuelva, impoluto, su reflejo. Por ello, antes que cualquier otra cosa, en cuanto acceden al poder se esmeran en abatir las estatuas de los déspotas que les precedieron: ellos deben ser los únicos ídolos dignos de adoración. Además, reescriben la historia para que les brinde la imagen que tienen de sí mismos: como mesías salvadores que restauran el orden perdido, y devuelven las aguas de la caótica realidad al cauce de la horma correcta. Rotulan las calles, borran los rastros (y los rostros) de las fotografías oficiales, enmiendan la plana a los cronistas y, si es preciso, ¡a los científicos!". LEER MÁS


 PSICOPATOLOGÍA Y PODER ABSOLUTO

Miguel Catalán reflexiona sobre la relación inversa entre sensibilidad moral y dominio político que explica el vínculo entre psicopatía y poder absoluto. "Sólo la eficacia política de la falta de miramientos esclarece el hecho de que a lo largo de la historia hayan regido las naciones más poderosas mentes de perfil psicopático ayunas de empatía por el sufrimiento de sus semejantes e indiferentes a la suerte no ya de los pueblos vecinos, sino del suyo propio. Ello se debe a que para alcanzar la máxima potestad en un gran territorio suele ser rentable la concertación de la mayor falta de escrúpulos con la astucia más sutil". LEER MÁS


EL LIBRO COMO ALTAR PORTÁTIL

Que la nuestra sea una época que le ha dado la espalda a los libros (a despecho de que, gracias a la impresión digital bajo demanda, hoy se publican más títulos que nunca: en España, más de ¡80.000! cada año) acrecienta nuestro estupor ante lo que significaron, en términos no sólo de conocimiento, sino ante todo vivenciales, para las personas de otros tiempos. Pasma saber que, para ellas, poseer un libro, aunque se tratase de un humilde devocionario en el que se recogieran las oraciones que se debían entonar todos los días, lejos de significar una práctica mundana, incluso banal, se revestía de una auténtica dimensión mística, trascendente. Es por ello que, en cierta ocasión, he llegado a hablar del libro como altar portátil. LEER MÁS

ROBERTO JUARROZ:
LA CREACIÓN DE UNA NUEVA PALABRA


El poeta argentino Roberto Juarroz (Coronel Dorrego,1925, Temperley, Buenos Aires,1995) constituye un ejemplo perfecto de escritor autoconsciente de sí mismo y de la tarea acometida en su obra, hasta el punto de que, excepto algunos, no muchos, poemas, el grueso de su producción se agrupa bajo el título “Poesía Vertical”, formada por trece volúmenes publicados en vida, más otro último, póstumo, y algunos poemas posteriores sueltos. Así, esa única obra, desplegada en sucesivas entregas, como ramas salidas de un único tronco y de una sola tierra nutricia, puede entenderse como una sucesiva profundización de unos pocos temas que la recorren y vertebran por entero, o quizá mejor dicho, de uno solo, con varios rostros: el sentido de la creación poética; la función del poeta y su palabra; la posibilidad de una experiencia poética omnicomprensiva de la Realidad. LEER MÁS

LA POESÍA CUÁNTICA DE BASARAB NICOLESCU

En este denso y atento análisis de los Teoremas poéticos del físico rumano, se define al ser humano como un buscador del sentido profundo por debajo de la apariencia contradictoria de la presencia-ausencia de las cosas. Y es que no es sino en la experiencia interior donde el sentido nace. De esta forma, los poetas, “que usan las palabras como objeto de investigación de lo que está más allá de las palabras”, serían los “físicos del sentido”, aquellos que se mueven en el ámbito omniabarcante de la lógica ternaria del tercero incluido. LEER MÁS


ADIÓS A LAS LIBRERÍAS

Decenas, cientos de autores de referencia, cuya solvencia está fuera de toda duda, no encuentran acomodo en las librerías del siglo XXI. Sin embargo, miles de alfeñiques literarios acaparan toda la atención de unos lectores que, eso sí, se verán a sí mismos como detentores de una alta capacidad crítica, pues... ¡están al día! La actualidad lo devora todo en el altar del instante; no hay tiempo para emplear lo que se lee en madurar un pensamiento propio, en entablar una relación dialéctica con lo leído: hay que leer mucho y rápido, opinar a bote pronto y pasar a toda velocidad al próximo título, ¡la farsa debe continuar! LEER MÁS


KAFKA: LA CONDENA DE SER ACUSADO

En un sentido profundo, el dedo que acusó forma parte de la mano que castiga. O, dicho a la inversa, el índice que aprieta el gatillo es el mismo que antes señaló la pieza. El vínculo entre la hostilidad de la acusación, la vergüenza que siente el señalado, el sentimiento íntimo de culpa y el castigo exterior ha sido expuesto por Franz Kafka a la cruda luz de su escritorio.  El nexo que advirtió Kafka entre la acusación y la condena se reduce al más simple de los enunciados posibles: la condena consiste en la acusación. Esa equiparación entre acusación pública y condena revela el significado social de la acción de acusar en voz alta o por escrito que cualquier grupo emprende contra uno de sus miembros. LEER MÁS






LA ESCRITURA CONTRA LA LECTURA

Leon Tolstoi, en sus diarios, especulaba con la perspectiva de no publicar nada en vida, asumiendo que el texto verdaderamente valioso es aquel que se propone, activamente, no ser leído. Y es que, si uno escribe, es porque ha renunciado ‒ni que sea mientras escribe‒ a hablar, no sólo porque no encuentra interlocutor, sino porque inconscientemente lo aleja. Sí, aunque no lo sepamos, escribimos, no para acercar(nos) a los demás, sino para mantener las distancias, para poner silencio de por medio, para hacer el vacío en torno a nuestras palabras, las cuales, por el mero hecho de ser plasmadas, acceden a una existencia soberana, plena, más allá de que sean o no atendidas por un destinatario más o menos concreto. LEER MÁS


LA AMARGA LUCIDEZ DE SÁNCHEZ FERLOSIO

Es la de Ferlosio la viva estampa de la renuncia. Ya hace mucho que se ha rendido. "Lo malo de los viejos es que ya no cambiamos de opinión", admite, aunque no se acaba de entender qué tiene de sabio empecinarse en el error. Y es que Ferlosio encarna a la perfección cierta forma de ejercer la hispanidad, que él mismo retrata con certeras palabas: "La desazón española no ha conocido nunca la esperanza, en su lugar pone una aceptación eternamente rencorosa". Rencoroso es el pecio ferlosiano, lúgubre, airado, sin ironía, crispado hasta lo cómico. LEER MÁS


EL ÁRBOL EN LA POESÍA ESPAÑOLA DEL SIGLO XX

Libros al Albur acaba de publicar la antología El árbol en la poesía española del siglo XX, un ebook gratuito que incluye decenas de poemas sobre esta bella temática. León Molina, el poeta y aforista cubano residente en España, ha escrito un emotivo prólogo como invitación a su lectura y disfrute, que reproducimos con la autorización del autor. LEER MÁS


EL HOMBRE QUE SE INVENTÓ A SÍ MISMO

Que Bukowski perseguía una idealización catártica de una existencia gris y hasta patética queda avalado en que se convirtió a sí mismo en personaje literario: en (anti)héroe de... ficción. Henry Chinaski, alter ego del autor, protagoniza algunas de sus obras más reputadas, en cuyo odre vierte con desparpajo todos los atributos que él mismo no se atrevía a encarnar en la vida de todos los días. Se presentaba como adalid de los desarrapados, las prostitutas y los mendigos, pero él era millonario. En su libro sobre el autor de Factótum, Juan Corredor concluye con palabras que no dejan lugar a dudas: "Su afición a la marginalidad es impostada y está respaldada por una cuenta de ahorros". LEER MÁS


LA POESÍA COMO CELEBRACIÓN

El poeta Antonio Reinoso Lamela se pregunta: "¿Tiene que cantar siempre el poeta a una pérdida, a lo que le falta para estar completo, a lo que está a punto de llegar pero nunca se nos da totalmente? ¿Tiene que ser la gran poesía una elegía, un lamento, o por lo menos un canto a la ausencia, a lo que se nos escapa? Hay ejemplos de lo contrario. El mejor Jorge Guillén, el de Cántico, que hace de la poesía un canto a la vida perfecta, a la absoluta belleza de todo". LEER MÁS


LA ÚLTIMA METAMORFOSIS 
DE OSCAR WILDE

La carta que Oscar Wilde le escribe a Alfred Douglas desde la cárcel de Reading es más un breviario de espiritualidad más que una confesión, un sudario o una premonición biográfica. Aquí nos importa ahora su naturaleza de refutación de un equívoco, de patada a la superfluidad de cierto decadentismo de escaparate, más que su incidencia como punto de inflexión de un mito literario (y, como tal, condenado a la pequeñez de los manuales y de los fieles). El De profundis es un hito por lo que tiene de desafío de la tradición balsámica del arte: es, ante todo, un evangelio profano. LEER MÁS


JUAN RULFO : EL SILENCIO COMO OBRA DE ARTE

Tras publicar dos libros decisivos para la historia de la literatura hispanoamericana, Juan Rulfo amasó durante años su silencio. Lo trabajó como hacen los escultores con el mármol, la piedra o la madera. Lo trasladó a sus fotografías. Y así siguió trabajando su silencio hasta que llegó a ese punto en el cual el silencio se volvió algo impreciso como una luz que todo lo oscurece, pero ya Rulfo estaba en esa orilla donde nada importaba y donde el silencio fue a larga una obra de arte sólida en su fugacidad, una obra de arte que le robó tiempo a su escritura y a su vida. LEER MÁS


CONRAD Y EL SENTIDO DE LA AVENTURA

En una época como la nuestra, hombres del siglo XXI, que hemos despreciado (salvo contados casos) la dimensión existencial de la aventura, que se reduce en nuestros días a una parodia grosera en los llamados deportes de riesgo y los programas de las agencias de viajes organizados, volver a leer los relatos marineros (de entre los que destacan con fuerza La línea de sombra, Tifón o El corazón de las tinieblas) del escritor polaco, nacionalizado británico, Joseph Conrad significa recuperar una tesitura espiritual para la que, tal vez, ya hemos perdido toda esperanza. LEER MÁS


¿QUÉ SENTIDO TIENE LA LITERATURA?

Tal vez, la literatura es el único espacio donde las contradicciones no se crean ni se destruyen, sino que conviven y se transforman ante nuestros asustados ojos. La literatura es el deseo de nunca acabar. Pero, para llegar a este espacio indómito y fundacional, no basta con la pluma, la máquina de escribir o el ordenador personal; tampoco nos asegura el acceso a él una imaginación desgarrada, una habilidad técnica o un cierto compromiso con la tradición consolidada. No: para abarcar la raíz de la palabra y beber de las aguas de la inspiración original hay que dar un paso más allá. Pero... ¿hacia dónde? LEER MÁS


RILKE: PENSAR LO HONDO

Las Cartas a un joven poeta pueden ser consideradas un auténtico tratado de formación que, lejos de toda artificiosidad, acomete, en las diez misivas enviadas a F. Xaver Kappus, la tarea de tomarse en serio la vida, de hincar la existencia en lo profundo que constituye y nutre al ser humano. Cuando hoy las aristas del existir son permanentemente limadas, ocultadas y depreciadas, la lectura de este epistolario provoca ese vértigo del que habla la octava carta a propósito de algo que, en la actualidad, tampoco y tan poco queremos oír: “Estamos solos”. Gracias a ello descubriremos lo que el poeta llama “vida propia”, “nuestro destino”, que sólo puede develarse tras acceder a lo hondo pensado en su radicalidad… LEER MÁS


EL KIERKEGAARD MÁS BREVE

Contrario a los sistemas filosóficos establecidos en su época, principalmente el de Hegel, Kierkegaard pensaba que la razón que pretendían imponer perjudicaba a la creatividad y singularidad de la persona, por lo que optó por pronunciarse en sentido opuesto, enfrentándose a la dificultad y manteniendo vivo el espíritu a través de la ironía. Conocido como el «Sócrates del Norte», se servía de ésta, al igual que el filósofo de la antigua Grecia, como un arma contra el todo normativismo. Se acaba de publicar una nueva traducción de Diapsálmata donde podemos disfrutar del Kierkegaard más breve en unas páginas llenas de encanto y humor. LEER MÁS




LOS TRANQUILOS DIARIOS DE HANDKE

El escritor Peter Handke, reconocido propietario de una prosa esencialista que algunos han calificado de alambicada, es también un valioso autor de diarios. Dos libros son el testimonio: El peso del mundo (1979) y la Historia del lápiz (1982). Se trata de textos en propiedad infinitos, pues su responsable reconoce que "no pueden tener final". Escritos simultáneamente a los hechos narrados, son el "reportaje en directo de una conciencia": incluso podríamos decir que son los únicos libros de la historia literaria que no existen antes ni después de ellos mismos, y el hecho de que los podamos leer no es más que la confirmación de esta idea extraña, casi monstruosa. LEER MÁS


EL POETA Y EL ESPEJO DEL TIEMPO

Si Hölderlin aseguró que "lo que dura, lo fundan los poetas", es probable que Andrés Trapiello se conformase con una versión menos ambiciosa (o presuntuosa) de esta frase, tal vez: lo que dura, lo reflejan los poetas. Ante todo, porque lo captan, lo acogen y, sólo después de cerciorarse de su carácter genuino, cierto, lo vuelcan en un papel en versos fijos, pulidos y esplendorosos. ¿El poeta como un copista? Tampoco tan poco, pero casi que así. En Segunda oscuridad encontramos abundantes ejemplos de ello. LEER MÁS


ENTREVISTA A CLAUDIO MAGRIS

El reconocido autor de obras como El Danubio reflexiona en esta entrevista sobre los fundamentos de la cultura europea, cuyo núcleo fuerte es la apuesta por el individuo frente a la totalidad indistinta. El escritor apuesta por abrir esta tradición al diálogo con otras culturas, pero sin olvidar este rasgo distintivo, el cual la ha hecho atractiva a los ojos del mundo entero y la ha convertido en destino de peregrinación masiva. En cuanto a la reivindicación de otras voces sepultadas por el canon generalmente admitido, afirma que "hay que potenciar el descubrimiento de las minorías culturales­, sin caer en el culto de lo excéntrico que rechaza la cultura heredada por el simple hecho de haberse visto sostenida por el consenso". LEER MÁS



FIODOR DOSTOIEVSKI Y LA VOCACIÓN DE DESVÍO

En Memorias del subsuelo, el autor ruso cede la voz narrativa a una sombra pálida, fosforescen­te, que relata la teoría y la práctica de la infamia. Confinada en el gulag de su lucidez, infectada por el exceso de inteligencia ("ser demasiado consciente es una enfermedad"), la voz desgrana uno a uno todos los argumentos que refutan desde la raíz la Escatología del Bien que, antes y ahora, chantajea a los hombres desde el nacimiento: triunfa y serás feliz, vence y serás hombre. Pero, como el propio autor se pregunta, de una forma retórica: "¿No habrá en el mundo algo que sea, en efecto, más preciado para cada hombre que sus mejores beneficios?" LEER MÁS


TÉCNICAS DEL AURA

La depauperación de la obra de arte, disuelto su contenido de verdad y exiliada su función a fetiche inesencial de consumo masivo, configura  la situación histórica que describe Benjamin en un texto publicado en 1936, en pleno auge de los fascismos. En nuestros días, cuando ha concluido el programa de ocupación total de lo real por parte de la ciencia, las reflexio­nes de Walter Benjamin se antojan de gran actualidad. LEER MÁS

MÁS ALLÁ DE LA POSTMODERNIDAD

El filósofo Gonçal Mayos, profesor de la Universidad de Barcelona, afirma en este texto (que forma parte de su libro Macrofilosofía de la Modernidad) que en estos sombríos tiempos posmodernos, la necesidad de superar el nihilismo es hoy, sin duda, mayor que nunca antes. La Postmodernidad no será realmente post-Modernidad si no traspasa finalmente el nihilismo e inicia un nuevo comienzo antinihilista. Como ya escribía Nietzsche, "una filosofía experimental anticipa a modo de ensayo las posibilidades del nihilismo radical, sin que con ello se quiera decir que se limite a un no, a una negación, a una voluntad de negar". LEER MÁS

EL PARÍS ABSOLUTO DE CHARLES BAUDELAIRE

El París de Baudelaire es un territorio absoluto donde todo empieza y todo acaba, un grácil y eterno bucle que dibuja el itinerario donde los extremos se tocan, el cielo y el infierno, lo sublime del ideal y el tedio del spleen. París es el alfa y el omega de la metrópolis occidental, los extremos entre los que discurre el pensamiento y la palabra, la cabeza y la cola de una continuidad inseparable que seduce a la inteligencia para impedir que la abandone, la habitación doble que comunica el aquí-y-ahora del hombre con el nunca-y-jamás del  símbolo, la capital de un continente oscuro donde todo parece posible porque nada es como parece, sino puede que todo lo contrario. LEER MÁS



THOMAS WOLFE: RETRATO DEL ESCRITOR FLUVIAL

El escritor fluvial es, a diferencia del escritor insular, un titán que se empeña en golpear los tobillos de Zeus a pesar de yacer en el suelo con los brazos destrozados. Poseído por una furia escritora que se asemeja, en ciertos momentos, a la pura escritura automática, Thomas Wolfe constata que su problema no es otro que la "falta de proporción" de su propio cometido. En efecto, al escritor le ha sido franqueado el paso a un reino indómito donde las palabras se le mostraban desnudas y todas a un tiempo; pero, de nuevo en la tierra, en el tiempo de los hombres, vuelve a ser un simple mortal, el traductor de vuelo corto de un texto ilegible que permanece en la memoria, pudriéndose al contacto del mundo, de las editoriales y los premios literarios. LEER MÁS


 El Aforista


ENTREVISTA A NATALIA LITVINOVA

"La poesía no me pregunta cuándo ni cómo. Muchas veces es inoportuna y brota con una forma que no sé controlar y tampoco quisiera controlarla. Luego viene el trabajo exhaustivo de corrección, de pulido y tallado, como los artesanos con sus artesanías". Dueña de una voz madura y propia; creadora de atmósfera magnéticas y seductiva; bella, joven, culta, leída y vivida... Natalia Litvinova llega a España. Tras demostrar, en sus poemas y traducciones de poetas rusos, que posee lo que hay que poseer para hablar como hay que hablar, y dejarlo por escrito, publica Esteparia, el primero de sus libros que el lector español podrá adquirir. LEER MÁS


EL FUTURO DE LOS LIBROS

El libro en papel es un objeto que tú adquieres y atesoras, que comparte  contigo la cama, los días buenos y te hace menos infeliz en los malos. Es un amigo siempre a mano, lleno de notas que te recuerdan lo que pensabas hace veinte años. En cambio, es algo que habría que ir olvidando, como olvidamos los coches tirados por caballos y como también tendremos que ir olvidando el concepto de soberanía. Si por mí fuera, trataría de impedirlo; pero sería inútil. El hombre es presa de las llamadas nuevas tecnologías, que barren con todo lo concebido a escala humana. Es el mundo que viene, que ojalá no sea el de Terminator. LEER MÁS


ENTREVISTA A REYNALDO LUGO

Reynaldo Lugo, escritor cubano afincado en España, tiene su biografía ornada de peripecias: veterano de la guerra de Angola, en la que participó como oficial del ejército de su país; realizador de programas televisivos; director de revistas de temáticas diversas; periodista, bloguero, pero, sobre todo, novelista, autor de varios títulos y, sobre todo, de Palmeras de sangre, con la que obtuvo un notable éxito en España. Ha recibido recientemente un premio en la Semana Negra de Gijón y trabaja sin cesar en sus nuevos proyectos, con los que, de nuevo, espera sorprender al lector con su prosa ágil y sus tramas sólidas y bien trabadas. LEER MÁS

¿QUÉ FUE DEL PENSAMIENTO DÉBIL?
.
Todo el mundo cree saber lo que quiere decir cuando acusa a alguien de débil: significa tanto como descartarlo de la circulación por pusilánime, abúlico, falto de carácter y, en definitiva, incapaz de regirse por sí mismo. Por ello, la publicación de un libro de filosofía que se llamaba a sí mismo así, débil (Il pensiero debole, Feltrinelli, 1983, traducción española en Cátedra, 1988) no dejó de causar cierto revuelo entre los círculos más inquietos del pensamiento europeo. Aún más, si cabe, al comprobar que entre los colaboradores del volumen se encontraban autores tan poco sospechosos de incapacidad como el semiólogo y novelista Umberto Eco, el historiador del pensamiento y la estética Gianni Vattimo y el especialista en lenguajes articiales y filosofía del lenguaje Diego Marconi. Pero todo tenía su explicación. LEER MÁS


LA CONDICIÓN JÁNICA DE LA MODERNIDAD 

La Modernidad no se agota en el cumplimiento del programa ilustrado de conquista del mundo por la razón, aunque bien es cierto que ésta es su inquietud más visible. Por el contrario, aquello que le es de algún modo consustancial consiste precisa­mente en la imposibilidad efectiva de su consumación (y la noción de progreso es la coartada que pospone la clausura del proceso al infinito). Imaginemos entonces que la esencia de la Modernidad consista, no en la iluminación de las causas de lo real, sino en su escisión autoproducida: que la constitución de sus objetos indujera igualmente la nulidad de sus propósitos conquistadores en forma de antagonismo indisoluble. En tal caso, la Modernidad deviene la apertura del pensamiento a la oscilación de los conceptos (todo-nada, universal-particular, racional-irracional), de manera que todo incremento de la determinación lo es también de la atracción por lo indeterminado, la constatación de un fondo impreciso que se sustrae al cálculo. LEER MÁS



 microfilias

El sueño de una sombra: la moderna invención de Grecia



José Luis Trullo.- La identidad de una sociedad, sabido es, se constituye en diálogo con el pasado: con el propio y, a menudo (aunque esto se enfatiza menos), con el ajeno. Esto es así especialmente desde que se instituyó el progreso y la modernidad como paradigmas culturales: en una sociedad tradicional, el pasada está siempre presente, no es preciso convocarlo para interactuar con él. Cuando (en una primera fase, en los albores del Renacimiento y, a continuación, con la Ilustración) el culto a la novedad sustituyó al de la tradición, se abrió una brecha de incalculables dimensiones que aún no se ha suturado del todo: la continuidad entre generaciones que se daba por supuesta hizo aguas, y se hizo problemático algo tan elemental como la transmisión de la propia identidad cultural.

Sin embargo, lejos del espíritu progresivo ‒nombre que asigno al que, allá por el siglo XV, instituyó el cambio como paradigma social fundamental, en el bien entendido de que cualquier innovación es, por principio, sospechosa de bondad‒ la tentación darle la espalda al pasado en cuanto tal. ¡Todo lo contrario! Se diría que existe en la progresividad una suerte de mala conciencia que le lleva a entablar con las épocas pretéritas una extraña, e incluso patológica relación de amor-odio: así, mientras que por un lado la rapidez de las modas condena al ostracismo a toda nueva costumbre en menos que canta un gallo, por el otro las recupera cíclicamente a modo de revival. Es un caso claro está, de frivolidad supina, pero también algo más: se trata de todo un síntoma.

«En Grecia han querido ver los europeos, 
al menos desde el siglo XV, 
una especie de Arcadia original»


Viene esto a cuento de la sorprendente vigencia de un mito rigurosamente moderno, cual es el de la Grecia antigua. No en vano Paul Valéry ya nos advirtió de que "la antigua Grecia es la invención más hermosa de los tiempos modernos". En cierta Grecia ‒y, en menor medida, en la Roma antigua‒ han querido ver los europeos, al menos desde el siglo XV, una especie de Arcadia original, un modelo de virtudes en las cuales inspirarnos para recobrar la buena senda. Hurgando un poco más, pero sólo un poco, enseguida descubrimos que las maravillas de la Hélade se ciñen, ante todo, a la Atenas de Pericles (por supuesto, no en Esparta, sin ir más lejos), en la cual el ciudadano occidental cree ver reflejada la mejor imagen de sí mismo: democrática, racional, política, moderada, deportiva, dialogante... De poco sirve aducir que de las ventajas de ser ciudadano ateniense estaban excluidas las mujeres, así como los esclavos y los extranjeros. ¡Cosas de la época!, aducirá el cínico enamorado, encogiéndose de hombros.

Más preocupante si cabe se me antoja la distorsión sistemática que se le inflige al espíritu griego esencial, por parte de sus supuestos adalides. Así, se nos quiere transmitir la imagen de una Grecia racionalista hasta la extenuación, por no decir atea, en la cual el papel de los dioses sería el equivalente al que en nuestra época asumen los superhéroes de Marvel: un panteón de personajes ficticios cuya incidencia en la vida real de las personas es poco menos que imaginario. Desde luego, es totalmente falso, y delata las auténticas pretensiones del filohelenismo moderno: utilizar un pasado ficticio para revestir de dignidad histórica lo que carece de ella, por el mero hecho de haberlo aniquilado por su vocación parricida.

No cabe duda de que debemos a los antiguos griegos un sinfín de tesoros de toda índole: filosóficos, artísticos, literarios. Sin embargo, ello no nos da derecho a vaciar de sentido toda una cultura tan rica y densa en matices. Menos aún, si se pone en entredicho la realidad histórica de lo que fue la Grecia antigua. Y, si algo fue, fue una cultura abierta a la trascendencia, y no en poca medida. De hecho, en los textos que conservamos de la época no nos resultará difícil reconocernos, sí, pero como copartícipes de una visión en absoluto antropocéntrica del mundo y de la existencia humana. Todo lo contrario. Subsiste en los griegos antiguos la convicción de que estamos en manos de los dioses, de que no somos en absoluto dueños de nuestro destino.

Pero vamos a los textos (ya que, de lo contrario, nos mantenemos en el lábil ámbito de las opiniones y los juicios genéricos). Para documentar mi hipótesis, no voy a manejar una extensa bibliografía, ni echar mano de estudios eruditos, sino que me limitaré a las fuentes mismas. Es más, he de ceñirme a uno de los ámbitos en los cuales los griegos se jugaban su propia identidad cultural: en la poesía. Sí, sí, la poesía. Como indica Carlos García Gual en su nota preliminar a la Antología de la poesía lírica griega (s. VII-IV a.C.), publicada por Círculo de Lectores en 1995, "los griegos consideraban la poesía como algo muy importante para la comprensión del mundo y de la vida. Se tomaban muy en serio a sus poetas. Ellos eran los primeros educadores del pueblo, en una sociedad sin dogmas ni sacerdotes con libros sagrados ni tradiciones rígidas" (pág. 52). De este modo, "la poesía servía de cauce para expresar doctrinas e ideas nuevas, y para conservar los mitos y criticarlos", hasta el punto de que "los primeros filósofos fueron también poetas".

«En la lírica griega se dan la mano 
conocimiento y expresión, 
intimidad personal y objetividad social»


Advertimos aquí una seria discrepancia entre la modernidad, para la cual la poesía en el mejor de los casos es una expresión literaria de una individualidad, de su mundo interior y de sus conceptos privados (incluso en el caso en el que, como Victor Hugo, Manzoni o Goethe, alcancen el rango de poetas nacionales), y la lírica griega antigua, en la cual se dan la mano sin ambages conocimiento y expresión, intimidad personal y objetividad social. Esta sabia simbiosis, que Occidente sacrificó en el altar de la ciencia experimental, es la que nos permite traer a colación los textos poéticos griegos como testimonios fiables de toda una cultura, en aras a constatar nuestra tesis de que la Grecia antigua no fue, como se cree, una cultura atea, y nada tiene que ver con la nuestra.

Bien, a los textos. Para los griegos antiguos, si hemos de aceptar que los poetas son sus educadores, hay que vivir "confiándonos a los eternos dioses" (Tirteo de Esparta, 1), pues de Zeus es "el poder en los cielos, / y tú observas los hechos de los hombres, / criminales o justos, y a ti incluso te atañe / la desmesura y la justicia de las fieras" (Arquíloco de Paros, 37). Este concepto de una divinidad omnisciente y plenipotenciaria, tan cara a la tradición judeocristiana, desde luego nada tiene que ver con la visión moderna de la existencia humana, ni mucho menos de la naturaleza en su conjunto.

El padre de los dioses "es adivino que nunca miente, ya que él mismo determina el final" (46), continúa Arquíloco. Y añade:

          A los dioses atribúyelo todo. Muchas veces levantan
          de las desdichas a los hombres echados sobre el oscuro suelo;
          y muchas veces derriban y tumban panza arriba
          a quienes caminan erguidos. (16)




Para un cristiano no resulta chocante pensar en una divinidad que dispone a su albur de la vida humana (ya sabemos que los caminos del Señor son inescrutables), aunque aquí incluso la defensa católica del libre albedrío resultaría incomparablemente más "moderna" que la total sumisión personal al destino que aqueja al griego antiguo.

Frente a lo imprevisible de los designios divinos, el poeta aconseja "la firme resignación" (7). La mesura, la contención, subsumidos en el concepto griego de σωφροσύνη (Sōphrosynē), impide que la persona se entregue a la desesperación o la queja, la cual no deja de ser una rebeldía frente a los dioses, un pecado de ὕβρις (Hýbris). Mucho antes que los estoicos romanos, los griegos antiguos ya disuadían a sus conciudadanos de, en caso de entregarse a la tristeza, lo hicieran "sin excesos" (15).

Lejos de constituir una declaración aislada, la noción de una divinidad que trasciende al hombre y que decide cuál va a ser su suerte se halla presente en la lírica griega antigua de manera recurrente. Por ejemplo, en estos versos de Semónides de Amorgos:

          Hijo mío, el retumbante Zeus domina el fin
          de todo lo que es y lo dispone como quiere.
          Los hombres carecen de entendimiento. Pues al día
          vivimos como bestias, del todo ignorantes
          de cómo la divinidad hará concluir cualquer asunto. (2)

Incluso personajes renombrados, como Solón de Atenas, célebre por su labor política como legislador y uno de los siete sabios de Grecia, según la tradición, incide en esta visión: "Zeus vigila el fin de todas las cosas" (A las musas). Eso sí, no se conforman los dioses con retribuir a los hombres de manera ajustada a sus méritos personales, lo cual los reduciría al mero papel de funcionarios de justicia, sino que deparan favores y perjuicios según una pauta que sólo ellos conocen:

          Las ganancias, de cierto, las dan a los hombres los dioses,
          y de ellas procede el desastre, que Zeus de cuando en cuando
          envía como castigo, y ya uno, ya otro, lo recibe. 

Percibimos aquí elementos novedosos, como la idea de que todo favor que recibe el hombre de los dioses conlleva, casi como compensación, algún tipo de desgracia. Ahora bien, como buen legislador que es, Solón se cuida muy mucho de advertir que los perjuicios se los granjea el hombre por sí mismo, de modo que empieza a atisbarse ya cierta noción de responsabilidad personal, al menos en lo que atañe a las desgracias (los favores seguirían siendo potestad libérrima de Zeus).

          La abundancia que ofrecen los dioses le resulta al hombre
          segura desde el último fondo hasta la cima.
          Mas la que los hombres persiguen con vicio, no les llega
          por orden natural, sino atraída por injustos manejos,
          les viene forzada y pronto la enturbia el Desastre.
       
Solón llega aún más lejos cuando descarga a los dioses de cualquier responsabilidad por las consecuencias negativas de los propios errores:

          Y si habéis sufrido desastres por vuestra ruindad,
          no achaquéis a los dioses la culpa de éstos. (6)

Persiste, con todo, la prevalencia divina sobre el destino humano: "Del todo invisible a los humanos es el designio de los dioses" (13). Incluso siendo un político poderoso, Solón no olvido que su poder sería nulo sin la anuencia, cuanto menos, de los inmortales: "lo que dije cumplí con ayuda de los dioses" (17).

Jenófanes de Colofón, cuya aportación a la religión griega resulta fundamental (por cuanto postuló que la divinidad carecía de atributos antropomorfos y que, lejos de las iniquidades que les atribuían Homero y Hesíodo, se abstenían de perpetrar actos indecorosos), no dejó pasar la ocasión de recordar a los griegos su deberes hacia los dioses:

          Deben primero los hombres sensatos a Dios
          celebrar con relatos piadosos y puras palabras. (1)

Empédocles de Agrigento, filósofo y taumaturgo, lo tenía bastante claro: "desdichado quien tiene una oscura opinión de los dioses" (4). Teognis de Megara, por su parte, insiste en la trascendencia del designio divino respecto a los humanos, retomando la idea de una dependencia absoluta respecto a los olímpicos:

          Nadie, oh Cirno, es culpable de su ruina o provecho,
          sino los dioses que otorgan lo uno o lo otro. (133-134)

Constatamos que, lejos de profundizar en la vía insinuada por Solón (la de que los humanos somos los únicos responsables de las desgracias que nos acaecen), perseveran los poetas en el concepto clásico de que nada de ello en verdad está en nuestras manos, sino que vivimos expuestos al albur de los dioses.

          Los hombres en vano planeamos, pues nada sabemos. 
          Los dioses lo cumplen todo a su antojo. (141-142)

No contento con recibir y transmitir esta idea convertida ya en tópica, Teognis la enriquece con ricos versos dirigidos al padre de los dioses, emulando el tono de los Himnos homéricos:

           Querido Zeus, asombrado me tienes. Pues tú a todos
           gobiernas con gloria y enorme poder personal.
           Bien conoces la mente y el ánimo de uno y otro hombre,
           tuyo es el dominio supremo de todas las cosas, oh rey. (373-376)

La desconfianza de Teognis respecto a la mera posibilidad de lograr mejorar la conducta personal mediante la educación (uno de los postulados básicos de la modernidad, por cierto),

           Si la inteligencia de un hombre forjarse e implantarse 
           pudiera, jamás de un buen padre un mal hijo saldría, 
           al atender a razones virtuosas. Mas por aprendizaje
           nunca harás de un villano un hombre de bien. (435-438)

De todos modos, en Teognis se detecta ya un clima de escepticismo creciente entre los griegos de su época:

           Se fue la Confianza, gran diosa, se fue de los hombres
           la Cordura, y las Gracias, amigo, dejaron la Tierra.
           Ya no hay juramentos de fiar entre humanos ni justos,
           ni nadie demuestra respeto a los dioses eternos;
           se ha extinguido el linaje de hombres piadosos; ahora
           ni normas legales conocen ni aun la Piedad.

Se diría que una y otra lacra (la pérdida de la fiabilidad entre los humanos y del respeto a los inmortales) fueran de la mano; como si, al quebrarse la certeza en una instancia trascendente, los individuos se sintieran liberados para entregarse a sus peores instintos... confirmand el célebre adagio de que, si Dios ha muerto, ya todo nos está permitido, sobre todo, lo peor.

Aun con todo, Teognis hace de tripas corazón, y deposita en la Esperanza una única reserva de confianza, quizás desesperada:

           Mas en tanto uno vive y ve el brillo del sol,
           conserve piadoso su fe en la divina Esperanza,
           rece a los dioses y, al ofrendarles los grasientos muslos,
           en sus sacrificios invoque, al comienzo y al fin, la Esperanza.

Alceo de Mitelene, por su parte, no duda en que los avatares de su existencia no están en sus manos: "Cuándo de mis muchos pesares / me van a liberar los Olímpicos?" (9, 130). Íbico de Regio habla de "los designios del gran Zeus" al iniciar su crónica poética (1), y en un acceso de vacilación ética, reconoce: "Tengo miedo de conseguir honor entre los hombres / cometiendo alguna falta ante los dioses" (7, 22D), con lo cual admite que sí existe un margen para la libertad personal, y por ende, del error.

Simónides de Ceos enuncia, en línea con lo ya expuesto: "Todo está, en verdad, sometido a los dioses" (1, 48D), con lo cual de los humanos pequeño es el poder" (2, 9D). Nuestro afán debe centrarse en agradar a los Olímpicos, pues sin su simpatía no es posible prosperar: "son los mejores aquellos /a los que los dioses tratan con cariño" (9, 4D).

Píndaro de Tebas, quizás el más reputado de los líricos griegos, nos advierte desde el principio: "le es conveniente a un hombre hablar / bien de los dioses" (Olímpica, 1), ya que "los blasfemos no tardan en recibir sus penas". Los inmortales son omniscientes: "si alguien confía en pasar inadvertido de los dioses / al hacer algo, se equivoca", es más, "la divinidad permanece velando por tus afanes". El hombre no está solo, cara a cara con su libertad: siempre ha de contar con esa otra mirada, esa asistencia, sin el concurso de la cual la vida no es siquiera concebible. ¿Hay algo más alejado del concepto moderno de la libertad? Y prosigue:

          De los dioses proceden todos los medios
          de excelencia humana; por ellos los hombres
          son sabios y de brazos vigorosos y hábiles de lengua.

Con frecuencia habla Píndaro del "designio de los dioses" (Pítica, VIII) o de "los beneplácitos de los dioses" (Pítica, IV) para conseguir lo que uno se propone. Y es que "los éxitos no dependen de los hombres; la divinidad los da". La jerarquía divina es de tal envergadura, que sin ella el ser humano carece de enjundia propia.

          ¡Seres de un día! ¿Qué es uno? ¿Qué no es?
          El hombre es el sueño de una sombra. Mas cuando le llega

          un rayo de luz enviado por Zeus, un resplando brillante
          le distingue y su existencia es gozosa.

Filemón, pensador del s. IV, compuso incluso un poema en el cual admite que el mayor de los mortales no es más que un criado de los olímpicos : "Unos son esclavos de los reyes; el rey, de los dioses". Con ello, admite que la humanidad, contra lo que la Modernidad postula, posee un techo, un límite que no le es dado superar (ello supondría un pecado de hybris y sería castigado). Nada que ver con la convicción contemporánea de que no existe tal límite, o que el límite del ser humano se lo pone él mismo.



Para el griego, la sabiduría consiste en mantenerse dentro de los cauces que nos han sido impuestos (por los dioses, por la naturaleza, por el destino: los conceptos son importantes, aunque no lo esencial); para el moderno, en desbordarlos. ¿Hay algo más opuesto al modelo griego del mundo que el de la Modernidad? Lo dudo mucho. Prometeo, tan querido por los románticos (y, a su modo, también por los griegos antiguos, pero no por las mismas razones), es el epítome de la desmesura, de la rebeldía, de la falta de obediencia: por eso recibe en la mitología griega justo y eterno castigo.

El hecho de que la Modernidad haya querido "inventarse" una Grecia a su medida, obviando la esencia de una cultura que casi nada tiene que ver con ella, se explica por lo que apuntábamos al principio: por la búsqueda de un referente remoto, e idealizado, que compense el vacío de fundamento subsiguiente a la demolición, por parte de la Modernidad, de sus antecedentes inmediatos. Convendría poner las cosas en su sitio y desenmascarar las falsificaciones en las que se basa esa gran abanderada de la Luz, de la Verdad y de la Ciencia que es la era moderna. Difícilmente conocerá su auténtico rostro quien se empeña en elegir un espejo equivocado.







Felix Trull y los motivos del lobo


Jacob Iglesias.- Apenas pasados unos meses desde su anterior libro, Líneas de flotación, nos ofrece ahora Felix Trull su tercer libro de aforismos: La lección de Pulgarcito. De nuevo sobrevuela estas páginas una idea que ya inspiraba Líneas de flotación y a la que el propio título parece apuntar: como esas migas que iba dejando Pulgarcito para no olvidar el camino de vuelta a casa, los aforismos pueden ser pistas para deshacer el caminar errático de la modernidad y regresar al cobijo seguro de la tradición. Rehaciendo el célebre aforismo de Eugenio d'Ors, nos dice Felix Trull: “Lo que no es tradición honestamente evocada y celebrada, es plagio inconsciente y rastrero.”

También podría haberlo titulado Los motivos del lobo, como el poema de Rubén Darío. Porque aquí encontramos reiteradamente una defensa apasionada del individuo frente a la asechanza constante de lo colectivo: “Prefiero condenarme como lobo solitario que salvarme formando parte de un rebaño.” Recorre todo el libro un encendido alegato de la independencia y del libre albedrío, frente al aluvión de las ideologías que tienden a equipararnos bajo moldes y estereotipos, sin matices. Sin embargo, esta reivindicación del reducto personal de la inteligencia no se traduce en narcisismo: “Cuando el discurso de la dignidad personal choca con el de la solidaridad colectiva, el espíritu generoso aprieta los dientes y se sacrifica; por el contrario, el narcisista prefiere mirarse en el espejo, sonreír ante lo que ve, tomar su vaso de leche caliente e irse a dormir, conciliado consigo mismo.”

Debido a ese conflicto entre individuo y masas, entre pensamiento e ideología, la política ocupa un espacio importante en estos aforismos, al menos en lo que tiene de ingeniería de la sumisión –en afortunada definición de otro Félix, de Azúa. Por ello, frente a la visión mesiánica que propugna el pensamiento revolucionario, Felix Trull prefiere rebajar las expectativas: “POLÍTICA.- Arte de decepcionar con gracia.” De ahí también el recelo hacia todo lo que huela a la dimensión utópica de la política –“ALTA POLÍTICA.- Conjunto de crímenes perpetrados en aras de una ilusión colectiva primero ensalzada y luego pisoteada.”– y hacen de esta variante del espejismo su código de conducta: “Hay molinos que si nos parecen gigantes es sólo porque arremete contra ellos un loco caballero andante.”

Tal vez sean anecdóticos dentro del conjunto, pero son un ejemplo representativo del pensamiento a la contra de Trull una serie de aforismos en los que ensalza los lunes, ese día de la semana que solemos aborrecer –y con razón–: “Me gustan los lunes porque todo el mundo es verdaderamente quien es y está realmente donde está.”

Podríamos decir, en conclusión, que los de Trull no son aforismos de acuario, amables e insustanciales como una música de fondo. Lo cierto es que ningún aforismo, aun bienhumorado, debería serlo. Pero en el caso de nuestro autor queda más patente que en otros esa vocación de intemperie, de salirse del pensamiento estabulado. Como el lobo de Rubén Darío al que aludíamos antes, parece advertirnos: “Hermano Francisco, no te acerques mucho”. Quien lo haga, se llevará probablemente algún zarpazo. Pero el encuentro con estas lecciones del lobo –más que de Pulgarcito– habrá merecido la pena con creces.

Felix Trull, La lección de pulgarcito. Karima Editora, Sevilla, 2019.




EL TIRANO ANTE EL ESPEJO

Según el autor de este artículo, "los tiranos de todos los tiempos (y no me refiero sólo a los personajes infaustos, sino también a las masas enardecidas) sólo tienen una idea en mente: que el mundo entero les devuelva, impoluto, su reflejo. Por ello, antes que cualquier otra cosa, en cuanto acceden al poder se esmeran en abatir las estatuas de los déspotas que les precedieron: ellos deben ser los únicos ídolos dignos de adoración. Además, reescriben la historia para que les brinde la imagen que tienen de sí mismos: como mesías salvadores que restauran el orden perdido, y devuelven las aguas de la caótica realidad al cauce de la horma correcta. Rotulan las calles, borran los rastros (y los rostros) de las fotografías oficiales, enmiendan la plana a los cronistas y, si es preciso, ¡a los científicos!"


 PSICOPATOLOGÍA Y PODER ABSOLUTO

Miguel Catalán reflexiona sobre la relación inversa entre sensibilidad moral y dominio político que explica el vínculo entre psicopatía y poder absoluto. "Sólo la eficacia política de la falta de miramientos esclarece el hecho de que a lo largo de la historia hayan regido las naciones más poderosas mentes de perfil psicopático ayunas de empatía por el sufrimiento de sus semejantes e indiferentes a la suerte no ya de los pueblos vecinos, sino del suyo propio. Ello se debe a que para alcanzar la máxima potestad en un gran territorio suele ser rentable la concertación de la mayor falta de escrúpulos con la astucia más sutil".


EL LIBRO COMO ALTAR PORTÁTIL

Que la nuestra sea una época que le ha dado la espalda a los libros (a despecho de que, gracias a la impresión digital bajo demanda, hoy se publican más títulos que nunca: en España, más de ¡80.000! cada año) acrecienta nuestro estupor ante lo que significaron, en términos no sólo de conocimiento, sino ante todo vivenciales, para las personas de otros tiempos. Pasma saber que, para ellas, poseer un libro, aunque se tratase de un humilde devocionario en el que se recogieran las oraciones que se debían entonar todos los días, lejos de significar una práctica mundana, incluso banal, se revestía de una auténtica dimensión mística, trascendente. Es por ello que, en cierta ocasión, he llegado a hablar del libro como altar portátil.

ROBERTO JUARROZ:
LA CREACIÓN DE UNA NUEVA PALABRA


El poeta argentino Roberto Juarroz (Coronel Dorrego,1925, Temperley, Buenos Aires,1995) constituye un ejemplo perfecto de escritor autoconsciente de sí mismo y de la tarea acometida en su obra, hasta el punto de que, excepto algunos, no muchos, poemas, el grueso de su producción se agrupa bajo el título “Poesía Vertical”, formada por trece volúmenes publicados en vida, más otro último, póstumo, y algunos poemas posteriores sueltos. Así, esa única obra, desplegada en sucesivas entregas, como ramas salidas de un único tronco y de una sola tierra nutricia, puede entenderse como una sucesiva profundización de unos pocos temas que la recorren y vertebran por entero, o quizá mejor dicho, de uno solo, con varios rostros: el sentido de la creación poética; la función del poeta y su palabra; la posibilidad de una experiencia poética omnicomprensiva de la Realidad. LEER MÁS


LA POESÍA CUÁNTICA 
DE BASARAB NICOLESCU

En este denso y atento análisis de los Teoremas poéticos del físico rumano, se define al ser humano como un buscador del sentido profundo por debajo de la apariencia contradictoria de la presencia-ausencia de las cosas. Y es que no es sino en la experiencia interior donde el sentido nace. De esta forma, los poetas, “que usan las palabras como objeto de investigación de lo que está más allá de las palabras”, serían los “físicos del sentido”, aquellos que se mueven en el ámbito omniabarcante de la lógica ternaria del tercero incluido. LEER MÁS


ADIÓS A LAS LIBRERÍAS

Decenas, cientos de autores de referencia, cuya solvencia está fuera de toda duda, no encuentran acomodo en las librerías del siglo XXI. Sin embargo, miles de alfeñiques literarios acaparan toda la atención de unos lectores que, eso sí, se verán a sí mismos como detentores de una alta capacidad crítica, pues... ¡están al día! La actualidad lo devora todo en el altar del instante; no hay tiempo para emplear lo que se lee en madurar un pensamiento propio, en entablar una relación dialéctica con lo leído: hay que leer mucho y rápido, opinar a bote pronto y pasar a toda velocidad al próximo título, ¡la farsa debe continuar! LEER MÁS


KAFKA: LA CONDENA DE SER ACUSADO

En un sentido profundo, el dedo que acusó forma parte de la mano que castiga. O, dicho a la inversa, el índice que aprieta el gatillo es el mismo que antes señaló la pieza. El vínculo entre la hostilidad de la acusación, la vergüenza que siente el señalado, el sentimiento íntimo de culpa y el castigo exterior ha sido expuesto por Franz Kafka a la cruda luz de su escritorio.  El nexo que advirtió Kafka entre la acusación y la condena se reduce al más simple de los enunciados posibles: la condena consiste en la acusación. Esa equiparación entre acusación pública y condena revela el significado social de la acción de acusar en voz alta o por escrito que cualquier grupo emprende contra uno de sus miembros. LEER MÁS






Fijos en la eternidad: los árboles de Montiel


"¡Hay que ser como el árbol
que siempre está rezando,
como el agua del cauce
fija en la eternidad!"

(F. García Lorca)


José Luis Trullo.- Creo, sin arriesgar mucho, que Jesús Montiel, también poeta, también granadino, suscribiría sin titubear estos versos donde tanto se dice, si se quiere entender. Para Lorca, el árbol "siempre está rezando"; para Montiel, "cada árbol es un manual de instrucciones para alcanzar la santidad" (pág. 22). No es extraño que los poetas aúnen en un único arabesco lírico su pulsión creadora con una vocación ética esencial. Lo aberrante es cuando no lo hacen, ciñéndose a una función puramente juglaresca, inauténtica, accidental.

En El amén de los árboles, Montiel centra desde el principio el ámbito de su ubicación en el mundo: "Desde la infancia, la compañía de los árboles me agrada más que la de las personas que me rodean" (pág. 9). Para él, el árbol es un auténtico ejemplar de "vida bastante", esto es, ahormada por completo en su límite. Precisamente, es esta obediencia a su forma la que le permite trascenderla; por el contrario, si quisiera violentarla -como hace consigo mismo el sujeto moderno, en su loca huida hacia delante-, se echaría a perder. El árbol es el árbol: vive porque vive,  no se fija en sí mismo, no pregunta quién le ve. Su ensimismamiento es tan solo aparente: en realidad: está totalmente volcado hacia afuera. "San Árbol", lo califica Montiel. Y es así. Un santo se diría que vive abstraído: hace caso omiso de lo que le circunda, mientras permanece absorto en su mística elevación; pero lo cierto es que no hay hombre más derramado y fuera de sí que él. Por eso trasciende: porque se entrega, no calcula, no regatea, no negocia, no guarda nada, es todo dejación, todo eternidad.

"Los árboles del cielo hacen la voluntad del cielo sin rechistar" (pág. 31), apostilla Montiel. En eso, además de santos, se revelan filósofos. "Filósofo es el que no se queja", nos advirtió María Zambrano. ¿Quién ha oído protestar a un árbol? ¿Rebelarse contra su destino? Eso les degradaría en simples matojos, cuando no en mala hierba. No, el orbe está bien hecho, parecen susurrarnos sin palabras los árboles: basta con que te ciñas a tu lugar en él y no te autoexcluyas del Paraíso aspirando a lo que no debes. Conténtate y serás dichoso; confórmate, y sabrás lo que es la auténtica libertad.

Por eso "mirar un árbol cura muchos minutos" (pág. 35): son un auténtico baño de eternidad. Contemplar el árbol es escalar por los peldaños que nos elevan hasta el Cielo, aunque sea durante un instante perpetuo. Su verticalidad es, por naturaleza, sagrada. (Imaginar un árbol rastrero es una pesadilla que no pienso abordar). "A la contemplación de un árbol podría dedicarse la vida entera", escribió Francisco Giner de los Ríos. Y es que, en cierto modo, el árbol es la vida entera, recogiéndose para darse, ciñéndose para trascender.

En justa correspondencia a su piadosa dedicación, "el cielo da de comer a los árboles" (pág. 44). Y es que lo Alto no puede descuidar a lo bajo, lo fuerte a lo menestoroso: ambos viven en una mutua corresponsabilidad tejida de silencios y miradas consagradas. "Los árboles son santuarios. Quien sabe hablar con ellos, quien sabe escucharles, puede aprender la verdad. Ellos no predican doctrinas y recetas, predican, indiferentes al detalle, la ley primitiva de la vida", concluyó certeramente Herman Hesse.

En El amén de los árboles, Jesús Montiel se inscribe mansa y reverencialmente en una larga tradición de culto rendido a estos seres admirables, de cuyo desprendida lección tanto tenemos que aprender, en estos tiempos apresurados, profanos y banales. Y, como no podía ser menos, el poeta retribuye tanta instrucción con su prosa meditativa, sopesada y esencial. Un auténtico festín para el espíritu.

J. Montiel, El amén de los árboles. Esdrújula, Granada, 2018.






EL TIRANO ANTE EL ESPEJO

Según el autor de este artículo, "los tiranos de todos los tiempos (y no me refiero sólo a los personajes infaustos, sino también a las masas enardecidas) sólo tienen una idea en mente: que el mundo entero les devuelva, impoluto, su reflejo. Por ello, antes que cualquier otra cosa, en cuanto acceden al poder se esmeran en abatir las estatuas de los déspotas que les precedieron: ellos deben ser los únicos ídolos dignos de adoración. Además, reescriben la historia para que les brinde la imagen que tienen de sí mismos: como mesías salvadores que restauran el orden perdido, y devuelven las aguas de la caótica realidad al cauce de la horma correcta. Rotulan las calles, borran los rastros (y los rostros) de las fotografías oficiales, enmiendan la plana a los cronistas y, si es preciso, ¡a los científicos!"


 PSICOPATOLOGÍA Y PODER ABSOLUTO

Miguel Catalán reflexiona sobre la relación inversa entre sensibilidad moral y dominio político que explica el vínculo entre psicopatía y poder absoluto. "Sólo la eficacia política de la falta de miramientos esclarece el hecho de que a lo largo de la historia hayan regido las naciones más poderosas mentes de perfil psicopático ayunas de empatía por el sufrimiento de sus semejantes e indiferentes a la suerte no ya de los pueblos vecinos, sino del suyo propio. Ello se debe a que para alcanzar la máxima potestad en un gran territorio suele ser rentable la concertación de la mayor falta de escrúpulos con la astucia más sutil".


EL LIBRO COMO ALTAR PORTÁTIL

Que la nuestra sea una época que le ha dado la espalda a los libros (a despecho de que, gracias a la impresión digital bajo demanda, hoy se publican más títulos que nunca: en España, más de ¡80.000! cada año) acrecienta nuestro estupor ante lo que significaron, en términos no sólo de conocimiento, sino ante todo vivenciales, para las personas de otros tiempos. Pasma saber que, para ellas, poseer un libro, aunque se tratase de un humilde devocionario en el que se recogieran las oraciones que se debían entonar todos los días, lejos de significar una práctica mundana, incluso banal, se revestía de una auténtica dimensión mística, trascendente. Es por ello que, en cierta ocasión, he llegado a hablar del libro como altar portátil.

ROBERTO JUARROZ:
LA CREACIÓN DE UNA NUEVA PALABRA


El poeta argentino Roberto Juarroz (Coronel Dorrego,1925, Temperley, Buenos Aires,1995) constituye un ejemplo perfecto de escritor autoconsciente de sí mismo y de la tarea acometida en su obra, hasta el punto de que, excepto algunos, no muchos, poemas, el grueso de su producción se agrupa bajo el título “Poesía Vertical”, formada por trece volúmenes publicados en vida, más otro último, póstumo, y algunos poemas posteriores sueltos. Así, esa única obra, desplegada en sucesivas entregas, como ramas salidas de un único tronco y de una sola tierra nutricia, puede entenderse como una sucesiva profundización de unos pocos temas que la recorren y vertebran por entero, o quizá mejor dicho, de uno solo, con varios rostros: el sentido de la creación poética; la función del poeta y su palabra; la posibilidad de una experiencia poética omnicomprensiva de la Realidad. LEER MÁS


LA POESÍA CUÁNTICA DE BASARAB NICOLESCU

En este denso y atento análisis de los Teoremas poéticos del físico rumano, se define al ser humano como un buscador del sentido profundo por debajo de la apariencia contradictoria de la presencia-ausencia de las cosas. Y es que no es sino en la experiencia interior donde el sentido nace. De esta forma, los poetas, “que usan las palabras como objeto de investigación de lo que está más allá de las palabras”, serían los “físicos del sentido”, aquellos que se mueven en el ámbito omniabarcante de la lógica ternaria del tercero incluido. LEER MÁS


ADIÓS A LAS LIBRERÍAS

Decenas, cientos de autores de referencia, cuya solvencia está fuera de toda duda, no encuentran acomodo en las librerías del siglo XXI. Sin embargo, miles de alfeñiques literarios acaparan toda la atención de unos lectores que, eso sí, se verán a sí mismos como detentores de una alta capacidad crítica, pues... ¡están al día! La actualidad lo devora todo en el altar del instante; no hay tiempo para emplear lo que se lee en madurar un pensamiento propio, en entablar una relación dialéctica con lo leído: hay que leer mucho y rápido, opinar a bote pronto y pasar a toda velocidad al próximo título, ¡la farsa debe continuar! LEER MÁS


KAFKA: LA CONDENA DE SER ACUSADO

En un sentido profundo, el dedo que acusó forma parte de la mano que castiga. O, dicho a la inversa, el índice que aprieta el gatillo es el mismo que antes señaló la pieza. El vínculo entre la hostilidad de la acusación, la vergüenza que siente el señalado, el sentimiento íntimo de culpa y el castigo exterior ha sido expuesto por Franz Kafka a la cruda luz de su escritorio.  El nexo que advirtió Kafka entre la acusación y la condena se reduce al más simple de los enunciados posibles: la condena consiste en la acusación. Esa equiparación entre acusación pública y condena revela el significado social de la acción de acusar en voz alta o por escrito que cualquier grupo emprende contra uno de sus miembros. LEER MÁS




¿Quién cree al escéptico?


José Luis Trullo.- Según un diagnóstico muy repetido, aunque no por ello incierto, la Modernidad es una modalidad cultural caracterizada por el recelo: todo para ella es sospechoso de servir a un fin espurio, susceptible de ser desenmascarado y sacadas a la luz sus falacias constitutivas.

En este orden de cosas, la Ilustración sería la responsable de "arrojar luz" sobre las tinieblas que se habrían cernido sobre la humanidad a lo largo de su historia, asumiendo la tarea de rectificar las erradas sendas por las que habría transitado y colocándola en el buen camino: el señalado por ella, obvia decir. La ciencia (y su brazo práctico: la técnica) sería el instrumento adecuado para guiar a la especie hacia su pleno desarrollo, liberada por fin del yugo del mito y la religión.

Ni que decir tiene que esta autocomprensión del sujeto moderno como un ente ajeno a la contaminación de lo irracional pronto se resquebrajaría (es más, el romanticismo surgiría de manera prácticamente simultánea a la cristalización del proyecto ilustrado: no en vano, los románticos alemanes creyeron ver en la Crítica del juicio kantiana un aval para sus tesis), desembocando dicho proceso de autodeconstrucción progresiva en las investigaciones freudianas y su definitiva clausura del sueño de una razón autónoma y dueña absoluta de sí misma.

La cura de humildad a la que la llamada filosofía de la sospecha sometió el proyecto ilustrado, sin embargo, no ha pasado del ámbito académico, de manera que en la sociedad actual sigue vigente la convicción de que la humanidad es la única propietaria de su destino, y aún más: del futuro del planeta en su conjunto. Concomitante con este delirio omnipotente, el perfil del sujeto moderno como disipador de brumas, inquisidor de patrañas y desfacedor de supercherías sigue vivo bajo el aspecto de profesores, periodistas y opinadores que, apelando a un vago programa de clarificación conceptual, someterían los "mitos" legados por la tradición a una demoledora pulverización salutífera. "¡Atreveos a pensar... conmigo!", parece ser la divisa: heredero del antiguo predicador, el cirujano posmoderno se eleva por encima de los bárbaros siglos que le preceden para destripar y mostrar, indefectiblemente, su vaciedad intrínseca, su carácter ilusorio, su falsedad.

Y es que, si algo tiene muy claro el aséptico escéptico actual, es su confianza ilimitada en su propia capacidad para detectar y abatir las limitaciones... ajenas. A sus ojos, su discernimiento resulta omnisciente, preclaro y, sobre todo, exento... ¡prácticamente puro! Nada escapa a su ojo clínico. Armada con el bisturí de la crítica implacable, la razón escéptica hace gala, irónicamente, de una fe absoluta... en sí misma. ¡Y todo ello, a pesar de que ya se le ha informado de que ella, también, está sometida al capricho, el prejuicio y la arbitrariedad! No importa: este moderno tardío (y algo senil) que es el desenmascarador justiciero, no tiene otra meta que proseguir con la ímproba tarea de arrasar con todos y cada uno de los referentes culturales que han sostenido a la humanidad a lo largo de los siglos. Es la suya casi una pulsión homicida: ¡no quiere prisioneros! La hercúlea tarea del escéptico posmoderno asume el aspecto, casi, de un progromo.

La duda que a uno le asalta es por qué debemos aceptar que el azote de mitos detenta, como él quiere hacernos creer, una virtualidad analítica que se nos escaparía al resto de los mortales. Ya no es que el calado moral de su misión libertadora se nos antoje misérrimo (un saber cuya vocación reside en refutar las verdades que han sustentado a cientos de generaciones a lo largo de los siglos no puede ser antropológicamente admisible): es que ni siquiera creo que esté en manos de ningún ser humano poder acometerla con garantías de éxito. ¡Cuánta soberbia supura esa creencia del escéptico en sus propias capacidades para abrirse paso, a machetazos, entre la jungla de creencias y convicciones seculares! ¡Qué narcisista, acrítico, y aun pueril, amor por sí mismo!

No, yo no creo al escéptico. Soy demasiado falible para confiar en mí mismo, como para hacerlo en alguien que pretende decirme que todo cuanto nos ha traído hasta aquí estaba equivocado. Ningún ser humano está capacitado para evaluar, procesar y juzgar la historia de la humanidad entera, por muy ilustrado que se crea. Como mucho, a la mejor Modernidad -la liberal- se le podría conceder el derecho a plantear vías para mejorar nuestra convivencia como individuos (y en ello sí que hay que reconocerle grandes aportaciones). Pero en el orden epistemológico, desde luego que no estoy dispuesto a admitir ni una sola de sus pretensiones. Menos aún cuando se presenta como avalada de un aura de inatacabilidad que sólo puede moverme a risa... cuando no a compasión.





EL TIRANO ANTE EL ESPEJO

Según el autor de este artículo, "los tiranos de todos los tiempos (y no me refiero sólo a los personajes infaustos, sino también a las masas enardecidas) sólo tienen una idea en mente: que el mundo entero les devuelva, impoluto, su reflejo. Por ello, antes que cualquier otra cosa, en cuanto acceden al poder se esmeran en abatir las estatuas de los déspotas que les precedieron: ellos deben ser los únicos ídolos dignos de adoración. Además, reescriben la historia para que les brinde la imagen que tienen de sí mismos: como mesías salvadores que restauran el orden perdido, y devuelven las aguas de la caótica realidad al cauce de la horma correcta. Rotulan las calles, borran los rastros (y los rostros) de las fotografías oficiales, enmiendan la plana a los cronistas y, si es preciso, ¡a los científicos!"


 PSICOPATOLOGÍA Y PODER ABSOLUTO

Miguel Catalán reflexiona sobre la relación inversa entre sensibilidad moral y dominio político que explica el vínculo entre psicopatía y poder absoluto. "Sólo la eficacia política de la falta de miramientos esclarece el hecho de que a lo largo de la historia hayan regido las naciones más poderosas mentes de perfil psicopático ayunas de empatía por el sufrimiento de sus semejantes e indiferentes a la suerte no ya de los pueblos vecinos, sino del suyo propio. Ello se debe a que para alcanzar la máxima potestad en un gran territorio suele ser rentable la concertación de la mayor falta de escrúpulos con la astucia más sutil".


EL LIBRO COMO ALTAR PORTÁTIL

Que la nuestra sea una época que le ha dado la espalda a los libros (a despecho de que, gracias a la impresión digital bajo demanda, hoy se publican más títulos que nunca: en España, más de ¡80.000! cada año) acrecienta nuestro estupor ante lo que significaron, en términos no sólo de conocimiento, sino ante todo vivenciales, para las personas de otros tiempos. Pasma saber que, para ellas, poseer un libro, aunque se tratase de un humilde devocionario en el que se recogieran las oraciones que se debían entonar todos los días, lejos de significar una práctica mundana, incluso banal, se revestía de una auténtica dimensión mística, trascendente. Es por ello que, en cierta ocasión, he llegado a hablar del libro como altar portátil.

ROBERTO JUARROZ:
LA CREACIÓN DE UNA NUEVA PALABRA


El poeta argentino Roberto Juarroz (Coronel Dorrego,1925, Temperley, Buenos Aires,1995) constituye un ejemplo perfecto de escritor autoconsciente de sí mismo y de la tarea acometida en su obra, hasta el punto de que, excepto algunos, no muchos, poemas, el grueso de su producción se agrupa bajo el título “Poesía Vertical”, formada por trece volúmenes publicados en vida, más otro último, póstumo, y algunos poemas posteriores sueltos. Así, esa única obra, desplegada en sucesivas entregas, como ramas salidas de un único tronco y de una sola tierra nutricia, puede entenderse como una sucesiva profundización de unos pocos temas que la recorren y vertebran por entero, o quizá mejor dicho, de uno solo, con varios rostros: el sentido de la creación poética; la función del poeta y su palabra; la posibilidad de una experiencia poética omnicomprensiva de la Realidad. LEER MÁS


LA POESÍA CUÁNTICA DE BASARAB NICOLESCU

En este denso y atento análisis de los Teoremas poéticos del físico rumano, se define al ser humano como un buscador del sentido profundo por debajo de la apariencia contradictoria de la presencia-ausencia de las cosas. Y es que no es sino en la experiencia interior donde el sentido nace. De esta forma, los poetas, “que usan las palabras como objeto de investigación de lo que está más allá de las palabras”, serían los “físicos del sentido”, aquellos que se mueven en el ámbito omniabarcante de la lógica ternaria del tercero incluido. LEER MÁS


ADIÓS A LAS LIBRERÍAS

Decenas, cientos de autores de referencia, cuya solvencia está fuera de toda duda, no encuentran acomodo en las librerías del siglo XXI. Sin embargo, miles de alfeñiques literarios acaparan toda la atención de unos lectores que, eso sí, se verán a sí mismos como detentores de una alta capacidad crítica, pues... ¡están al día! La actualidad lo devora todo en el altar del instante; no hay tiempo para emplear lo que se lee en madurar un pensamiento propio, en entablar una relación dialéctica con lo leído: hay que leer mucho y rápido, opinar a bote pronto y pasar a toda velocidad al próximo título, ¡la farsa debe continuar! LEER MÁS


KAFKA: LA CONDENA DE SER ACUSADO

En un sentido profundo, el dedo que acusó forma parte de la mano que castiga. O, dicho a la inversa, el índice que aprieta el gatillo es el mismo que antes señaló la pieza. El vínculo entre la hostilidad de la acusación, la vergüenza que siente el señalado, el sentimiento íntimo de culpa y el castigo exterior ha sido expuesto por Franz Kafka a la cruda luz de su escritorio.  El nexo que advirtió Kafka entre la acusación y la condena se reduce al más simple de los enunciados posibles: la condena consiste en la acusación. Esa equiparación entre acusación pública y condena revela el significado social de la acción de acusar en voz alta o por escrito que cualquier grupo emprende contra uno de sus miembros. LEER MÁS